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    El email marketing es considerado todavía por los responsables de marketing como una de las herramientas más efectivas de las que disponen para conectar con sus consumidores. Sus razones para ello tienen. A diferencia de otras soluciones de marketing digital, especialmente ahora que la era de las redes sociales ha metido intermediarios que no se pueden evitar, en el email marketing la empresa controla el cuándo, el cómo y el a quién. Los mensajes son gestionados de forma directa y uno toma todas las decisiones relacionadas con ello. No hay de por medio el algoritmo de un feed penalizando (o no) lo que se está publicando y haciendo que se juegue en cierto modo a la ruleta rusa.

    A eso se suma que el envío de correos comerciales no solo da mayor control a las compañías que lo hacen, sino que tiene todavía un ROI lo suficientemente atractivo como para que la inversión compense.

    Pero, a pesar de todo ello, el email marketing no es una fórmula mágica en la que todos los problemas desaparecen por arte de magia y en la que las empresas no vayan a encontrarse con ciertas tensiones. De entrada, para poder hacer email marketing se necesitan correos electrónicos a los que enviar ese contenido. Esto no solo es un punto de partida necesario, sino también uno complicado. Lograr una buena base de datos de direcciones requiere esfuerzo y trabajo, porque aunque se pueden comprar bases a terceros esas no suelen dar tan buenos resultados y hacen que el riesgo de que el consumidor vea a la marca como un spammer sea muy elevado.

    Además, esas direcciones necesitan datos. Se necesita una base de datos informativa que ayude a comprender a los receptores de esos mensajes y que permita establecer una buena segmentación de los envíos.

    Y, finalmente, enviar un email no implica necesariamente que el destinatario lo vaya a leer o, mucho peor, que acabe llegando a su bandeja de entrada. De hecho, unos cuantos correos electrónicos se 'pierden' en el camino.

    Un estudio de Return Path concluye que dos de cada 10 emails nunca llegan a la bandeja de entrada de sus destinatarios. Según su estudio, el 20% de los correos electrónicos que se envían en todo el mundo nunca llega a la bandeja de entrada de los receptores a los que están destinados.

    ¿Dónde acaban esos correos? La clave está en el spam: para los proveedores de servicios de correo electrónico son un mail que acaba siendo enviado a la bandeja de spam y que allí acaba perdido por los tiempos de los tiempos... Esto es, hasta que el sistema lo borre como hace tras un tiempo con los mensajes considerados basura. Los consumidores no suelen ir a bucear a su pestaña de spam para ver qué encuentran en ella y si algún mail que realmente les interesaba estaba allí.

    Un 20% de los mensajes es un número bastante elevado y lo es además para las empresas que no solo siguen empleando el email marketing sino que, al menos esa ha sido la tendencia en los últimos tiempos, parecen haber encontrado nuevamente el encanto de este sistema. Poder se puede escapar a la cifra, o al menos eso es lo que señalan los expertos.

    Solucionar el problema

    Como explica un especialista a BizReport, las compañías tienen que ser consistentes en el envío. Mantener la misma identidad (esto es, ser consistentes con sus IPs) ayuda a que los sistemas vean al mail como algo legítimo y no lo manden a spam. A eso hay que sumar el intentar tener una reputación positiva. Muchos mails de empresas no acaban en spam por casualidad, sino porque los receptores los marcan como tal y el sistema aprende de ellos que eso es basura cibernética.

    Y, finalmente, es necesario medir bien las métricas de engagement, para así lograr comprender mejor cómo reaccionan ante los mensajes enviados los consumidores y ser capaces de llegar mejor a sus bandejas de entrada.

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