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Los juguetes inteligentes son cada vez más populares, pero también una bomba en marcha para quienes vigilan su imagen
Smart toys, la última pesadilla de los responsables de marketing y comunicación
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    Los juguetes que hablan no son exactamente una novedad. 20 y 30 años atrás ya había peluches y muñecas que decían unas cuantas frases cuando se apretaba un botón. De hecho, a finales del siglo XIX, Thomas Edison ya lanzó una muñeca que hablaba. La muñeca de Edison era material para pesadillas. La calidad de su voz era prácticamente fantasmagórica y, vista con los ojos del ahora, digna de una película de terror de aires góticos y retro.

    Los muñecos que hablan ahora son mucho más sofisticados y están mucho más trabajados, lo suficiente como para parecer una extensión de los últimos dispositivos electrónicos de última generación. Las muñecas son, de hecho, cada vez más inteligentes, como demuestra el boom de los llamados smart toys.

    Mattel lanzó hace unos años una Barbie inteligente que aprendía de las conversaciones que tenía con los propios niños para ser capaz de ofrecer respuestas sólidas e inteligentes en el futuro, al tiempo que usaba la información ya disponible para dar información. Barbie era como Siri, pero convertida en muñeca y destinada al público infantil. La compañía juguetera no era la única en dotar de inteligencia a los juguetes. Muchas otras startups estaban haciendo juguetes inteligentes, una extensión más del internet de las cosas, al tiempo que hasta Google estaba patentando elementos que le permitirían entrar en ese terreno si lo quisiese.

    El mercado empezaba a estar ahí, la demanda tenía toda la pinta de ir en aumento en el futuro próximo y las cosas parecían ir asentándose como uno de los espacios que iban a convertirse en recurrentes en el futuro próximo. Desde entonces han seguido apareciendo juguetes inteligentes pero también ha empezado a quedar claro que estos son, en cierto modo, una bomba de relojería para quienes tienen que gestionarlos. La cuestión no es nueva. Cuando aparecieron los primeros smart toys ya se señalaba que venían cargados de riesgos. Su público es uno especialmente delicado y sus funcionalidades tienen muchos potenciales problemas asociados (como es el caso de uso de la información no muy ajustado o hasta invasión de la privacidad) que se podían convertir en un problema mucho mayor en el futuro inmediato.

    Como la muñeca de Edison, aunque de otra manera, los smart toys son material para la pesadilla.

    Una pesadilla para los responsables de imagen

    "Si eres una compañía juguetera tradicional y estás añadiendo esta capa de conectividad, te estás adentrando en áreas de las que no sabes nada", alerta una consultora de Martel Media House en un análisis de AdAge, en el que se advierte ya de que los juguetes inteligentes se pueden convertir en una pesadilla para los responsables de marketing y de comunicación de las compañías que los están lanzando. Están entrando en aguas profundas y lo están haciendo con un producto que tiene todo por descubrir todavía.

    Algunos de los riesgos y de los problemas ya se han visto claramente mostrados. Las empresas que están produciendo estos juguetes tienen que ser mucho más claras con sus consumidores en lo que a riesgos de los mismos suponen.

    Además, tienen que empezar a ver todo de una forma más crítica, ya que están muchas veces entrando en terrenos que podrían convertirse en una bomba de mala imagen, desde que los niños usen sus smart toys para hacer cosas o acceder a información que sus padres no quieren que hagan hasta que los padres sientan que sus dispositivos smart están espiando a sus hijos, como ha ocurrido con un monitor para bebés smart de Mattel.

    Un fabricante de juguetes inteligentes ya ha visto como sus productos entraban en una lista negra: Cayla, una muñeca inteligente, ha sido prohibida en Alemania por grabar las conversaciones que mantenía con los niños. La prohibición de Cayla se convirtió en titular en las noticias fuera incluso de Alemania, lo que hizo que la muñeca empezase a ser vista como demasiado sospechosa un poco en todas partes. Que cuando se busca online la muñeca uno de los primeros términos de búsqueda sugeridos sea 'hacked' no ayuda a generar seguridad.


    Porque, por supuesto, además de los problemas de privacidad y de información, los smart toys abren la puerta a otro tipo de cuestiones. Como todo dispositivo electrónico, son potencialmente hackaeables. La ciberseguridad afectará también a los muñecos.

    Para las empresas jugueteras, los smart toys empiezan a ser un elemento por el que tienen que pasar, ya que los niños se están acostumbrando a lo smart y los hogares empiezan a estar llenos de estos dispositivos. Pero entrar en ese mercado implica tener que cambiar lo que se hace y cómo se hace. Tienen que comprender que van a jugar con nuevas normas.

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