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El lanzamiento de nuevos productos y nuevas versiones crea la sensación de que el anterior está absolutamente desfasado
Obsolescencia programada y reparaciones imposibles: ¿prácticas llamadas a morir?
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    La obsolescencia programada se ha convertido en uno de los elementos que más molestan a los consumidores y que están logrando también atraer más la atención de reguladores y legisladores.

    El término tiene una larga historia, que se puede remontar hasta incluso el Estados Unidos de los años 30. Aunque la denominación empezó a emplearse en los años 60 y se puso de moda en los últimos tiempos, la idea es de entonces. Un comerciante propuso que todas las cosas tuviesen una fecha de caducidad para así impulsar el consumo (los años 30, una época de crisis, no eran un momento de auge del consumo).

    La idea se quedó solo en eso, pero la cuestión está ahí y sí ha modificado como consumimos. Los ejemplos de obsolescencia programada son muchos, desde las bombillas que dejaron de ser menos resistentes en los años 20 cuando descubrieron que no salía a cuenta (aunque a ellos las leyes les obligaron a cambiar las cosas) hasta las medias de nylon casi irrompibles hace 90 años y que muchas veces se rompen casi con solo mirarlas del presente.


    La cuestión se ha hecho además un tanto más enquistada en el mundo de la electrónica de consumo, ya sea de una manera directa o indirecta. Es muy probable tener o conocer a alguien que tiene una impresora que ha dejado de funcionar correctamente sin que se sepa bien porqué (quienes teorizan sobre la obsolescencia programada señalan que es uno de los mercados en los que se 'programa la muerte' de los aparatos de forma más clara) y también es muy probable que se haya cambiado de móvil, aunque no se necesite realmente.

    El lanzamiento de nuevos productos y nuevas versiones crea la sensación de que el anterior está absolutamente desfasado y por tanto que se necesita uno nuevo, aunque no sea realmente cierto. De hecho, se podría decir que el modelo de posicionamiento del iPhone está muy ligado a ello.

    Pero además la electrónica de consumo no solo ha generado esta presión en la adquisición de nuevos productos, sino que también ha introducido normas y reglas que hacen que se acabe generando una situación que les favorece. Son los trucos o las excepciones que 'matan' a la garantía. Por ejemplo, las impresoras consideran mala praxis que se usen cartuchos que no pertenecen al fabricante y por tanto usarlo acaba con la garantía del producto, como bien avisa el software cuando se introduce un cartucho desconocido.

    No poder arreglar la cosa rota

    Como recuerdan en un análisis en Quartz, esto es de hecho una especie de elemento que rompe con los hábitos tradicionales. A un coche, nos recuerdan, le hacemos ajustes, especialmente si algo se estropea. A un dispositivo, como un ordenador o un smartphone, cuando le pasa algo y se rompe, no lo arreglamos, simplemente compramos otro, creando un elevado volumen de basura electrónica.

    Muchas veces este tipo de comportamiento viene marcado por el propio consumidor (es más fácil comprar otro, así compro uno mejor...) pero a veces es el propio fabricante quien acaba imponiéndolo limitando lo que se puede hacer con el dispositivo. Por ejemplo, los agricultores no pueden arreglar los ordenadores de sus tractores porque los proveedores de los mismos los han blindado contra la piratería haciendo que al final sus compradores no sean los dueños. Y a eso hay que sumar todas esas excepciones que impiden arreglar cosas uno mismo (lo que a veces hace que no se pueda acceder a arreglos baratos) porque se pierde la garantía, los derechos de consumo o porque es imposible arreglar el problema sin recurrir a piezas de la propia compañía fabricante (y por tanto tener que pagar premium).

    En Estados Unidos, varios estados están pensando en crear no solo leyes que permitan a los consumidores arreglar sus propis dispositivos electrónicos sino también obligar a las empresas a publicar manuales de reparación y a facilitar herramientas para diagnosticar problemas, haciendo que todo deje de estar en un cierto oscurantismo. En Francia, una nueva ley obliga a avisar de cuánto tardarían potenciales reparaciones del producto en cuestión, para evitar situaciones como las que obligan a comprar un nuevo producto porque las piezas de recambio tardan demasiado en llegar para arreglarlo.

    A eso se suma que, a pesar de todo el contexto, los consumidores sienten que quieren poder arreglar sus productos y seguir usándolos, incluso en este escenario de modelos nuevos cada dos por tres. La investigación que cita el artículo de Quartz señala que no solo tienen esas expectativas, sino que además se sienten mucho mejor con las empresas que las permiten y modifican su vínculo con ellas. Esas empresas son recomendadas más a sus amigos.

    Si a eso se añade que los principales problemas a los que se enfrentan los usuarios con sus dispositivos electrónicos son de 'vida cotidiana' (romper la pantalla o verter agua encima), se puede comprender aún mejor por qué les interesa arreglarlo.

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