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    La música es una suerte de lenguaje universal, un elemento que puede llegar a muchas personas incluso por encima de las barreras del lenguaje o de las diferencias culturales. La música recoge emociones y las presenta y, para los receptores de esos mensajes, descifrarlas no resulta complicado, lleguen desde donde lleguen o sean como sean. Quizás por ello la música es uno de los productos culturales que tiene un mercado más amplio y en el que se produce más intercambio de productos (al fin y al cabo, solo hay que pensar en cuanta música en inglés se escucha, incluso cuando no se habla esa lengua).

    Y quizás por ello también la música es una herramienta tan poderosa para las marcas y para las empresas, que las pueden emplear para comunicar y para transmitir de un modo mucho más sencillo y directo lo que están queriendo decir y hacer a los consumidores.

    La relación entre la música y las marcas y el consumo no es en realidad tan nueva.

    Los músicos más populares de los siglos precedentes ya tenían masas de fans y, de hecho, todo el fenómeno de fans entusiasmadas siguiendo a su ídolo musical no empezó con las estrellas del pop, sino más bien con Listz. Las adolescentes que se desmayaban de emoción en un concierto de One Direction eran un eco de las que lo hacían en uno de Listz, como lo eran sus pautas de consumo ligadas a ello. Pero más allá del fenómeno fan, la música también tuvo un impacto como vehículo para los mensajes de las marcas. Los primeros anuncios en la radio de productos eran, por ejemplo, jingles musicales.

    El brand jingle es, de hecho, uno de esos elementos recurrentes en el mundo del marketing y uno que, incluso ahora, sigue siendo reconocido por los consumidores. Un estudio enfrentaba no hace mucho a los consumidores a sonidos: los consumidores reconocían aquellos que asociaban a las marcas que los habían usado en su publicidad o imagen de marca. Los jingles de las marcas, como pueden ser las campanillas de Intel o la canción de Mercadona, se recuerdan porque los hemos escuchado varias veces y, sobre todo, porque hemos conectado con ellos. Es pegadizo y sugiere los valores que la marca quiere vender: por eso triunfa.

    Cómo usar la música de un modo más amplio

    Pero el efecto de la música no se limita solo al jingle, sino que se puede aplicar a todo el marketing y a toda la presencia de la marca. Hay compañías que hacen branding auditivo y hay otras que emplean la música como puente para trasmitir emociones, sensaciones o potenciar comportamientos.

    La música de los supermercados, por ejemplo, nos hace comprar más o menos rápido y las cadenas la emplean para regular el tráfico en la tienda. La música también hace un trabajo de segmentación de las audiencias: entramos o no en una tienda (no hay más que pensar en Bershka y la música que suena en esas tiendas de Inditex) según lo que la música nos genera (podemos pensar que se es demasiado mayor para eso).

    En este último punto, la música puede ser muy valiosa, ya que ayuda a conectar mejor con ciertos públicos. Los millennials, por ejemplo, son muy receptivos a las marcas que emplean bien la música. Para estos consumidores, por ejemplo, es muy importante y valoran especialmente a aquellas marcas que apoyan festivales de música de verano y que lo hacen bien.

    El momento musical, una oportunidad para las marcas

    Para las marcas y las empresas ahora se está en una especie de momento dulce en lo que a música se refiere. Como apunta un columnista en FastCompany, no son muchas las marcas que están empleando de forma realmente creativa la música en estos tiempos, lo que hace que usarla bien y romper con lo que todo el mundo está haciendo pueda convertirse en una manera de llamar la atención y de destacar por encima de los competidores.

    Unos y otros se encuentran en este momento mucho más abiertos a colaborar y trabajar juntos. Para los artistas, el cambio del modelo comercial ha hecho que se planteen de otra manera lo que pueden o deben hacer en el mundo de la música. El modo en el que la música genera ingresos ha cambiado lo que les hace más abiertos a ser ellos mismos más innovadores en sus negocios. A todo esto se puede sumar lo que han apuntado en los últimos tiempos otros analistas. A diferencia de lo que ocurría hace unas décadas, a los músicos que colaboran con las marcas ya no se les considera ahora 'unos vendidos', sino que, si se hace bien, los consumidores ven una cierta relación de valor.

    Para las marcas, y volviendo a lo que el analista de FastCompany apunta, cada vez es más interesante el valor de la experiencia y están cada vez más trabajando en ello, lo que hace que estén mucho más abiertos al trabajo con los músicos y a ser creativos. Han empezado a verlo como algo diferente, como una manera de crear esas experiencias que los consumidores exigen y quieren.

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