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La genética nos hace mucho más proclives a comer después de ver un anuncio de comida
La genética, razón por la que unos consumidores responden mejor a los anuncios de comida
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    Los anuncios de comida intentan potenciar ciertas ideas y ciertas asociaciones que hacen que sintamos ganas de comer. Los anuncios de pizzas, por ejemplo, juegan con cómo se ve la pizza para potenciar la necesidad de consumo. La pizza está caliente, crepitando y un hilo de queso cae desde un lateral. Lo hacen porque, según explica la neurociencia, así se potencia el deseo. Es ver uno de esos anuncios y querer tomarse una pizza.

    Y es que los anuncios de comida tienen ese poder sobre el consumidor. ¿Quién no ha dicho alguna vez tras ver un anuncio que el mensaje le ha hecho la boca agua y quién no se ha sentido más que tentado a comer ese producto en cuestión? Los anuncios de comida juegan con los estímulos visuales y sonoros para hacer más seductor que nunca el producto que están anunciando y para hacer que nos apetezca más que nunca comernos eso.

    Pero lo cierto es que, según acaba de apuntar un estudio, no solo juega el cerebro, no solo los estímulos sensoriales y no solo juega el momento (ver comida o hablar de comida en la recta final antes de la hora de comer hace que se sienta mucha más tentación de hacerse con ese producto en cuestión, como bien saben quienes hayan ido al supermercado con el estómago vacío). Según un estudio reciente, la genética también juega y la genética consigue por tanto que seamos más o menos propensos a dejarnos atraer y atrapar por un anuncio de comida.

    Según ha demostrado un estudio liderado por una profesora de la Dartmouth College, la genética nos hace mucho más proclives a comer después de ver un anuncio de comida. El estudio, que acaba de salir a la luz en el International Journal of Obesity y que recoge Reuters, se ha centrado en los niños y en por qué unos acaban comiendo tras ver anuncios.

    La presencia del conocido como gen FTO (o el gen de la gordura) hace que algunos niños sean mucho más receptivos a los anuncios de comida, incluso cuando no se tiene hambre en absoluto. Aunque el estudio se ha centrado en el comportamiento de los niños, lo cierto es que sus conclusiones son muy interesantes más allá de ese mercado. Al fin y al cabo, como recuerda la investigadora que lidera el estudio no son pocas las personas que se preguntan por qué no se pueden resistir a picotear algo cuando sus conocidos sí lo hacen.

    Los resultados del estudio

    El estudio partió de una muestra de niños de entre 9 y 10 años, a los que se testeó para saber si contaban con el gen FTO. Un 16% lo tenía en el nivel más peligroso, un 18% en el que se asocia con un riesgo bajo de obesidad y un 48% con el que se asocia con riesgo moderado.

    Esos datos no separaron a la muestra, al menos a la hora de mostrarles los estímulos. Los niños comieron y después fueron divididos al azar en grupos. Los grupos eran expuestos a una de dos variantes de un programa infantil de 34 minutos de duración. En medio de la emisión se servían ocho minutos de anuncios, que podían ser de comida (en una de las opciones) o de juguetes (en la otra). Durante la emisión, los niños tenían a su disposición chucherías (gominolas, galletas, chocolate y bolitas de queso).

    ¿Cuáles fueron los resultados del estudio?

    De entrada, los niños que veían anuncios de comida comían muchas más chucherías que los niños que veían anuncios de juguetes, lo que hace que en general los anuncios de comida tengan un efecto directo sobre el consumo. Pero, además de este dato general, quienes comían más chucherías eran aquellos que tenían la versión de mayor alto riesgo del gen FTO. Es decir, cuanto más propenso se es a la obesidad genéticamente, más efecto hacen esos mensajes.

    Todo ello lleva a concluir que la genética tiene un efecto directo sobre cómo percibimos la publicidad (o al menos esta publicidad) y cómo respondemos a ella. Que unos respondan de una forma más activa al mensaje está ligado por tanto a sus genes.

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