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Internet ha tenido un efecto directo sobre cómo percibimos las cosas y sobre cómo nuestro cerebro recibe y procesa la información. Nuestra memoria se ha visto modificada y los consumidores ya no recuerdan las cosas del mismo modo que las recordaban en el pasado. Internet ha modificado nuestro poder de atención, nuestro poder para recordar las cosas y el cómo las procesamos.

Un estudio reciente señalaba que los ciudadanos han empezado a reducir lo que memorizan para siempre. El cerebro ha tomado, por así decirlo, una decisión lógica. ¿Por qué recordar toda esa información, se dice, si toda ella está en internet? Así, lo que se aprende no es tanto datos concretos como el camino para llegar a ellos. Es decir, los ciudadanos aprenden y retienen cómo conseguir la información más que la información por ella misma. Otros especialistas, como es la visión de Nicholas Carr, señalan que los recuerdos tienen ahora mucho más difícil pasar de la memoria temporal a la a largo plazo porque los consumidores han asumido que ya no necesitan memorizar toda esa información y por tanto nuestros recuerdos son mucho más superficiales.

Y otro estudio, aún más reciente, ha acuñado uno de esos términos que suelen acabar cuajando como llave para explicar el estado de las cosas. Según un estudio de Kaspersky Lab, los consumidores sufren ahora de 'amnesia digital'.

Los consumidores confían cada vez más en sus dispositivos móviles y están empleándolos para cada vez más cosas. El smartphone se ha convertido así en una especie de extensión de la memoria e incluso en una especie de sustituta de la misma. Ya no aprendemos las cosas que podríamos necesitar porque tenemos al móvil que se encarga de chivarnos todo lo que necesitamos saber (y habría que pensar, por ejemplo, cuándo fue la última vez que memorizamos un número de teléfono). El móvil es nuestra nueva memoria y los consumidores empiezan a sufrir lo que han bautizado como amnesia digital. Sin sus terminales no saben o no recuerdan muchas cosas.

El estudio, que se realizó entre adultos de Europa y Estados Unidos, apunta, por ejemplo, que el 57% de los encuestados no es capaz de recordar el número de teléfono del lugar en el trabajan y más de la mitad de los europeos encuestados asegura que no es capaz de recordar el móvil de sus hijos a menos que eche mano de su propio móvil. Aunque, curiosamente, prácticamente la mitad es aún capaz de recordar el número de teléfono de su casa de la infancia. Esto es un ejemplo concreto de para qué empleamos los móviles ya en este momento, aunque si se le pregunta a los consumidores de forma directa sobre cómo sus smartphones se convierten en sustitutos de su memoria se tienen datos mucho más concretos. Un 91% de los estadounidenses reconoce que depende del móvil y de internet para recordar cosas y que por ello los consideran una extensión de su memoria. Los europeos son mucho más poéticos. Un 80% de los encuestados del Viejo Continente señala que ve la red como una especie de inmenso libro de referencia y consulta.

Los consumidores más jóvenes no por más jóvenes son más lanzados a memorizar cosas. Más de la mitad de los jóvenes de 16 a 24 años asegura que son sus smartphones quienes guardan la información que necesitan recordar.

Qué efecto tiene esta nueva realidad

Pero este cambio en cómo los consumidores procesan la información y en cómo la están almacenando en su cerebro no afecta únicamente a la información y a los datos, tiene un impacto que va mucho más allá de la simple curiosidad.

"Tenemos que entender las implicaciones a largo plazo de esto a la hora de cómo recordamos y de cómo protegemos nuestros recuerdos", explica David Emm, investigador principal de seguridad de Kaspersky Lab. En su caso, el punto principal de su defensa está en cómo deberíamos proteger los datos que almacenamos en nuestros terminales, pero la ramificación de cómo ha cambiado el funcionamiento de nuestra memoria puede ir mucho más allá de ello.

Las empresas van a tener que empezar a tener en cuenta estas nuevas realidades a la hora de establecer cómo lograrán pasar las diferentes barreras de entrada a la hora de llegar al consumidor. Hasta ahora, las marcar luchaban para pasar de la memoria temporal a la permanente usando diferentes estrategias y diferentes trucos que afianzaban los recuerdos sobre una marca en la memoria del consumidor. Pero si entrar en esa memoria es cada vez más complicado, quizás tengan que modificar su estrategia o apostar aún más por ciertos elementos frente a otros para conseguir posicionarse entre los recuerdos acumulados del ciudadano.

Y esto, por supuesto, abre un nuevo punto de debate. ¿Ha muerto entonces la publicidad tradicional? La publicidad de siempre echaba mano de una frase, de un mensaje, de un contenido visual poderoso y atractivo con el que se esperaba que los consumidores consiguiesen empatizar y que lograsen recordar. Si entrar en la memoria es cada vez más difícil, si convertirse en un recuerdo es cada vez más complicado, ¿tiene sentido seguir apostando por eslóganes pegadizos si posiblemente hayan dejado de ser algo memorable para la mayoría de los receptores?