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Una vez que internet se hizo popular y empezó a llegar a más y más ciudadanos, también apareció el que se podría llamar el lado más gris de las operaciones online. La red se convirtió en el escenario de una actividad delictiva, en la que los ciberdelincuentes echaban mano de los recursos online para captar a los incautos y para hacerse con su dinero.

La cuestión es además un grave problema para las marcas y para las empresas, ya que la actividad delictiva online se cruza no en pocas ocasiones con la actividad de las mismas y con su estrategia. Los cibercriminales actúan sobre la publicidad online, haciendo que las empresas pierdan millones de euros al año pagando por anuncios que no se sirven donde las herramientas de publicidad programática prometen; sobre la imagen de las marcas, haciéndose pasar por ellas y lastrando su imagen pública; y hasta sobre las ventas de sus productos, ya que una de sus áreas de 'trabajo' es muchas ves la piratería de marcas conocidas.

En este último punto, a veces los consumidores son plenamente conscientes de que están comprando versiones piratas de los productos que quieren, pero otras simplemente creen que han encontrado un chollo sin que así realmente sea.

Las cifras de dinero que mueve la industria del cibercrimen son bastante elevadas. Por supuesto, no existen 'números oficiales', porque los cacos de la red no presentan resultados financieros como las grandes empresas que operan en ellas de forma legítima, pero las estimaciones de los expertos ayudan a comprender cuánto dinero pueden mover.

La última estimación de facturación de la cara gris de internet la ha realizado Symantec. Según sus datos, los cibercriminales tuvieron 978 millones de 'clientes' en 2017 y lograron hacerse con un botín de 172.000 millones de dólares. Para hacerse una idea del impacto que tienen los cibercacos y de cómo afectan de forma generalizada a los internautas, solo hay que ver cómo el estudio desglosa por países los datos. En Estados Unidos, por ejemplo, las víctimas del cibercrimen fueron la mitad de la población adulta.

Una errada sensación de seguridad

Esto ocurre porque, según las conclusiones del estudio, los consumidores no son realmente conscientes del alcance del cibercrimen. De hecho, según apunta uno de los responsables del informe a Warc, se sienten demasiado seguros y confiados de la situación en la que están y sienten que a ellos no les va a pasar nada y que no se van a cruzar con uno de estos problemas, lo que les lleva a saltarse incluso las protecciones básicas de seguridad digital.

Esto lleva a que mucha gente use la misma contraseña en todas sus cuentas (lo que implica por cierto que un cuarto de las víctimas en EEUU lo fueran por ello) y que un 60% comparte sus contraseñas y dispositivos con otras personas, lo que hace que sus potenciales riesgos sean mayores. El 41% de las víctimas también tiende a otros comportamientos poco seguros, como apuntar sus contraseñas en un papel o guardarlas en un archivo en sus ordenadores.

Para las marcas y las empresas esta sensación - errada - de seguridad por parte de los consumidores es también un problema importante, porque en caso de sus usuarios se acaben viendo lastrados por estos problemas no harán autocrítica y no asumirán las consecuencias, sino que echarán la culpa de sus males a las empresas que se hayan visto implicadas en esto.