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El diseño es una de las patas determinantes en lo que a estrategia corresponde de marcas y empresas. Al fin y al cabo, es diseño desde el cómo es el logo de la empresa hasta cómo se organiza y se crea el packaging de sus productos. El diseño es fundamental para establecer buenas relaciones con los consumidores y para conectar con ellos de un modo mucho más preciso y mucho más eficiente, para lograr transmitir los valores de la marca y para conseguir asentar los principios ligados a la misma. El diseño es, entre otras cosas, lo que hace que la marca destaque en medio de todas las cosas que hay en el mercado y que los consumidores logren llegar a ella frente a sus competidores.

Y, por supuesto, en el diseño hay modas, tendencias y lecciones que aprender cada vez nuevas. Las teorías y las tendencias sobre lo que supone buen diseño y lo que no y lo que se debe hacer para llegar al consumidor son variadas y se van adaptando a cómo los propios consumidores quieren a cómo ellos mismos cambian.

Una de las últimas teorías y tendencias es el service design, que quizás se podría traducir como el diseño para el servicio. Básicamente, la tendencia implica trabajar para posicionar las cosas mejor ante los consumidores y para hacerle la vida más fácil. Es el uso del diseño para organizar mejor las cosas, para mejorar la calidad de los servicios y para hacer más fáciles las interacciones con los consumidores. Al final, todas estas cuestiones son un poco lo que se espera del trabajo en marketing y de lo que se da por hecho que deberían intentar lograr las diferentes estrategias que se ponen en marcha para conectar con las audiencias. ¿Son por tanto una muy ambiciosa búsqueda para el diseño?

Como explican en una columna en The Drum, la tendencia se está convirtiendo en emergente y está empezando a capturar la atención de las agencias digitales, porque las dos claves básicas de este tipo de diseño (ofrecer valor añadido y conseguir resultados) son las que se deben buscar en el trabajo en marketing digital.

Para quienes han dado el salto a esta estrategia, los resultados son muy positivos. Un estudio sobre las empresas del Standard & Poor's 500 que han adoptado esta estrategia mostraban una subida en valor del 211% frente a las que no lo hacían. Y al fin y al cabo lo que las empresas buscan es mejorar en sus beneficios y resultados.

Cómo trabajar en este terreno

La clave está, para aplicar esta estrategia, en no centrarse solo en el producto, sino en pensar de forma más amplia y ambiciosa. El producto es como la etapa final, pero antes hay que trabajar en diferentes terrenos y en diferentes áreas de contacto con el consumidor. Hay que establecer mejores relaciones y hacia eso hacia lo que hay que trabajar, recuerdan en el análisis.

En realidad, se trata casi de llevar la tendencia de diseño centrado en experiencia de cliente un paso más allá y hacerlo mucho más ambicioso y mucho más transversal (no solo hay que hacer que el cliente tenga una buena experiencia de cliente, por ejemplo, sino también simplificar la tecnología para los propios trabajadores).

El diseño tiene que seguir una serie de principios básicos, que básicamente se podrían reducir en que debe ser comprensible y necesario. Hay que saber qué se quiere lograr con ello, tiene que resolver las necesidades del consumidor, tiene que aportar valor a los clientes pero también a los usuarios internos, tiene que ser capaz de responder a los momentos especiales e inesperados, debe estar ligado a un modelo de negocio claro y tiene que ser probado ante. De hecho, a la hora de desarrollarlo, tiene que tener en cuenta y escuchar a quienes van a ser sus usuarios.