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Usar y tirar, esa ha sido durante muchos años una de las ideas básicas que han sostenido el consumo. Compramos algo porque nos gusta o lo necesitamos y cuando ya no nos sigue sirviendo - por la razón que sea - nos deshacemos de él y nos hacemos con otro.

Es lo que sostiene a la industria de la fast fashion, en la que los consumidores se hacen una y otra vez con nuevas colecciones para cumplir con sus gustos y los dictados de la moda; de los smartphones y productos tecnológicos, que van siendo superados una y otra vez por los nuevos lanzamientos o que empiezan a funcionar peor a lo largo de los años; o de los electrodomésticos, que tienen lo que parece una esperada fecha de defunción.

Pero este ciclo infinito de consumo podría tener los días contados. Los consumidores son más conscientes de lo nocivo que supone en términos medioambientales y económicos (y en este punto la recesión tuvo mucho que ver) y las autoridades son cada vez más duras contra estas prácticas. El último cambio normativo en este terreno ha llegado desde la Unión Europea.

La nueva normativa europea busca que los electrodomésticos sean más sostenibles. En la nota de prensa de presentación hablan de hecho del esfuerzo por reducir la huella de carbono y las facturas eléctricas de los consumidores. A partir de ahora, las compañías están obligadas a seguir ciertas pautas de ecodiseño. Los productos tendrán que ser mucho más sostenibles y estar más preparados para la economía circular.

La norma, por ahora, no afecta a todos los dispositivos. Los smartphones o los ordenadores, por ejemplo, quedan fuera de la nueva legislación. La lista arranca con 10 nichos de mercado, que incluyen a las neveras, las lavadoras, las secadoras, las pantallas electrónicas (televisiones incluidas) o las fuentes de luz, y entrará en vigor en 2021.

Con las nuevas pautas de diseño, que serán obligatorias en la Unión Europea (aunque no se aplicarán en otros países) esperan reducir las emisiones contaminantes y reducir el consumo eléctrico (la previsión es que para 2030 se haya ahorrado el equivalente al consumo de energía anual de Dinamarca). El impacto no estará limitado a la contaminación y al gasto energético, sino también al bolsillo de los consumidores. La UE espera que con las nuevas normas los hogares europeos ahorren de media 150 euros por año.

Contra la obsolescencia programada

Esto supondrá un cambio, por supuesto, en cómo se crean las cosas y en cómo se comercializan, pero la normativa europea también tiene un daño colateral en una de las prácticas cuestionables de las compañías. La norma de la UE podría acabar con la obsolescencia programada, o al menos hacer que aplicarla sea más complicado. La normativa incluye ciertas obligaciones en términos de reciclado, pero también de reparaciones. La Unión Europea quiere aumentar la duración de la vida útil de los dispositivos o su reaprovechamiento, por lo que las empresas tendrán que ofrecer posibilidades de reparación para aquellos productos que han dejado de funcionar.

El ecodiseño también busca, de entrada, que las cosas se puedan reparar más fácilmente. La norma abre el umbral a un amplio abanico de tiempo. Por ejemplo, tendrán que garantizar durante 7 años en el caso de las neveras, 10 en el de las lavadoras y secadoras y 10 en el de los lavavajillas que tienen partes para hacer reparaciones. Además, tendrán que ser capaces de entregar los repuestos en un máximo de 15 días laborables.

Y no solo eso: la normativa también impide los bloqueos por emplear solo recambios y herramientas del proveedor. Los electrodomésticos podrán ser reparados usando las herramientas ya disponibles en los servicios de reparación sin que por ello dañen el producto.

"Las nuevas obligaciones en reparaciones mejorarán la vida útil de los electrodomésticos de uso diario que hoy en día dejan de funcionar muy rápido", explicaba Monique Goyens, directora general de la European Consumer Association, añadiendo que con esto se lucha contra la cultura del usar y tirar. Limitar la posibilidad de reparar las cosas, haciendo muy difícil encontrar recambios o limitando quién puede hacer esas reparaciones, es una de las maneras que las empresas siguen para hacer que al consumidor le resulte más fácil comprar un nuevo producto.

La normativa va en línea con algunos de los movimientos que los reguladores de algunos mercados europeos han ido tomando contra la obsolescencia programada. Italia multaba el año pasado, por ejemplo, a Samsung y a Apple por la corta vida útil de algunos de sus smartphones.

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