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Puede que hace unos años no se hablase mucho de ello, pero ahora es uno de los temas ultrapresentes en la agenda. Las fake news se han convertido en una de esas cuestiones que preocupan a todo el mundo y sobre las que todos parecen tener algo que decir. Preocupa a quienes se encargan de gestionar el marketing político y de analizar sus consecuencias, a los medios o también a los responsables de las marcas y de las empresas, que temen que lo que ha pasado en la actualidad política acabe sucediéndoles también a ellas. Al fin y al cabo, nunca han estado al margen de las leyendas urbanas y de los potenciales problemas de imagen que generan. Las noticias falsas son solo una cara de esa misma moneda.

De hecho, algunos estudios ya han ido dando puntos de preocupación para las compañías. Los spammers han aprendido la lección del marketing político y han empezado a usar fake news para posicionar sus productos y vender, robando nicho al mercado legítimo de las marcas.

Cierto es que las fake news no son exactamente algo nuevo. Las noticias falsas son tan antiguas como las noticias. Lo que ha cambiado es la rapidez a la que se expanden, el poder que están consiguiendo y la relación que internet tiene con ellas. Las redes sociales, o eso parecen apuntar los expertos en la cuestión, están haciendo que las noticias falsas se compartan más, lleguen a más gente y tengan un eco mucho más amplio y mucho más poderoso.

Pero ¿cuál es el mecanismo que hace que prenda la mecha de las noticias falsas? ¿Y quiénes están realmente compartiendo esos contenidos?

Esa es la pregunta que se hacen ahora los analistas y los expertos y la que han intentado responder en un estudio investigadores de la New York University's Social Media and Political Participation (SMaPP) Lab y de la Princeton University. Porque, aunque las fake news son tan antiguas como las noticias, sí es cierto, como señalan los responsables del estudio, que ahora tienen una actividad mucho más amplia.

Lo que dice el estudio

Durante la campaña de las elecciones presidenciales de 2016, en Estados Unidos (el espacio en el que los investigadores centraron su investigación) solo el 8,5% de los ciudadanos compartían noticias falsas. Los datos también muestran que no todas las generaciones son igual de proclives a creérselas. Los mayores de 65 son mucho más proclives a compartir este tipo de historias. Si en el nicho de 18 a 29 solo el 3% compartía fake news en Facebook, los mayores de 65 lo hacían al 11%.

De hecho, los investigadores han concluido, partiendo de estos datos, que en realidad enseñar alfabetización digital en las escuelas no va a acabar con el problema de las fake news, porque los jóvenes no son quienes están cayendo 'víctimas' de esa desinformación. Hay que actuar sobre los grupos de más edad para frenar este tipo de comportamiento.

La investigación también demostró un sesgo ideológico en quienes son más proclives a compartir las noticias falsas. Los conservadores son mucho más receptivos a este tipo de información. El 18% de los republicanos compartía en Facebook links a noticias falsas, frente al 4% de los demócratas. Eso es lo que dicen los datos estadísticos, aunque los investigadores también recuerdan que hubo un desequilibrio en lo que a noticias falsas toca. Eran mucho más pro-republicanas que pro-demócratas (lo que ayudaría a comprender también esos números).

Los datos de las fake news

Estos datos completan otros estudios que se han realizado en los últimos meses sobre las fake news, las razones por las que se comparten y también por qué los ciudadanos se las creen. Algunos análisis ya señalan que las noticias falsas es un 70% más probable que se compartan por parte de los lectores y que logren más interacciones en redes sociales que las noticias reales y de medios veraces sobre los mismos temas.

A eso hay que sumar que su presencia ha crecido en los últimos meses. Un estudio estimaba que estaban creciendo al ritmo del 365%.

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