Profesor de Reputación Online en ICEMD, el Instituto de la Economía Digital de ESIC. Director de...
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Las empresas, exactamente igual que las personas, se pueden enfrentar a cuatro objetivos en relación con la reputación: crearse una buena reputación, mejorar la ya existente, defenderla ante posibles ataques o recuperarla si se ha visto dañada.

En la inmensa mayoría de los casos, el primer paso consistirá en analizar el estado de esa reputación para posteriormente poder evaluar la situación, identificar a los distintos públicos a los que queremos llegar, definir los objetivos y finalmente, establecer la hoja de ruta necesaria para poder alcanzar esos objetivos con ayuda de herramientas que en líneas generales, nos ayuden a difundir mensajes y medir su eficacia.

En el caso concreto de las start-ups y en lo que se refiere a la reputación, ya sabemos que nos enfrentamos al reto de crear una reputación, por lo que la fase de análisis no irá enfocada a la información existente sobre la misma, sino al mercado y a nuestros competidores.

Salimos con blancas por lo que la responsabilidad de hacer un buen movimiento es enteramente nuestra. Con una importante diferencia frente al ajedrez, en esta partida, si tardamos mucho en mover ficha es probable que otros lo hagan por nosotros y puede que el resultado no nos guste.

La teoría para generar una buena reputación es sencilla: hacer bien las cosas y contarlo. Así de simple. Normalmente los problemas a los que se enfrentan las "recién llegadas" son: falta de objetivos claros, mala priorización y mala dosificación de los esfuerzos. En ese sentido, para una start-up, un exceso de atención a los medios y redes sociales pueden ser tan perjudicial o más que tener poca actividad en ellos. Y como dice el refranero, el que mucho abarca poco aprieta, por lo que es necesario evaluar el esfuerzo de publicaciones y de generación de contenido que será posible mantener a lo largo del tiempo.

No se trata de "estar por estar" en los medios sociales o de estar porque otros también están. Si estamos debe ser porque nuestro público objetivo o una parte significativa de él se encuentre en ese canal, porque seamos capaces de establecer unos objetivos y porque valoremos la rentabilidad de la acción en base a unos resultados.

Parece de cajón pero no debe de serlo porque en el cementerio de la Pymes cada vez hay más moradores que definieron mal su estrategia de comunicación.

Si todos los años asistimos a una feria de nuestro sector y un año no vamos y nuestra competencia sí acude, la conclusión de algunos asistentes será que estamos atravesando por una mala situación económica. Mal tema.

Si actualizamos regularmente nuestros canales sociales corporativos y un día dejamos de hacerlo, entre los que vean la información obsoleta habrá un porcentaje significativo que piense que nuestra empresa ha cerrado y no se moleste siquiera en comprobarlo. Peor que malo. En una situación así, si no vamos a poder mantener actualizados los canales de Facebook y Twitter, mejor no tenerlos.

Es fundamental desterrar falsas expectativas de rápidos crecimientos económicos gracias a las redes sociales. En la inmensa mayoría de los casos eso no se da. Y alimentar este falso mito, no es bueno ni para los clientes ni para los verdaderos profesionales.

El de la reputación es un camino donde es necesario perseverar, un camino donde se deben establecer y alcanzar hitos. Un camino que puede resultar muy gratificante. No recorrerlo correctamente supone en el mejor de los casos una importante pérdida de negocio.

Conocer nuestras fortalezas, explotar las oportunidades, identificar a nuestro público objetivo, desarrollar planes realistas, medibles y acotados en el tiempo. Y utilizar las herramientas adecuadas.

Ése es el camino. Y sí, para la mayoría el camino es cuesta arriba, si te dijeron que era fácil, te engañaron.