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Las infografías siguen existiendo y son más fáciles que nunca de hacer, pero ya no tienen el atractivo de entonces

Una de las mejores cosas que podían pasarnos en los medios en los que estaba trabajando una década atrás - quita o pon un par de años - era que nos mandasen desde un gabinete de prensa alguna infografía. Claro está que no todas las infografías eran igual de buenas y que no se publicaban todas las que se recibían, pero el porcentaje de infografías que se iban a la papelera de reciclaje era bastante pequeño.

La razón no resultará sorprendente: a los internautas les pirraban las infografías. Publicar una infografía sobre cualquier tema solía generar un pico de interés. Los artículos funcionaban muy bien (todos llevaban "infografía" en el titular para que quedase claro qué se iban a encontrar) y, si era de un tema business en un medio destinado a ese mercado, los propios lectores lo compartían en masa en redes sociales. Para ellos, era una manera de hacer marca personal (y guay).

Entonces, hacia el principio de la década de los 10, hacer infografías no era tan fácil. No había todavía aún un Canva en el que cualquiera podía crear un par con unos cuantos clics y lograr un resultado digno. Pero, además, en la lista de contenidos visuales eran todavía algo sorprendente y elaborado, algo un tanto sofisticado.

Las infografías estaban por todas partes. Los medios las publicábamos y las empresas las creaban no solo como arma de comunicación sino también como pieza clave de su marketing digital. Y las infografías, lo más importante, tenían caché. Años después, ¿siguen funcionando las infografías o se han quedado ya en el cementerio de las modas de la red?

La pregunta me la hice por primera vez hace no mucho, cuando recibí uno de esos envíos a periodistas de las empresas. Era una infografía y lo primero que mi cerebro hizo tras procesarlo fue pensar que era algo "muy 2012".

Recurrir a internet para confirmar la muerte o la supervivencia de la infografía es un tanto confuso. Las infografías siguen existiendo. Canva y sites similares ha hecho que diseñarlas sea muy sencillo y que por tanto cualquiera pueda crearlas. Llenar la red con nuevas infografías es fácil y asequible.

Los medios, al final, tampoco hemos renunciado a ellas del todo. Solo hay que pensar en los contenidos más populares de la pandemia, como el de El País del pasado verano explicando cómo se propagaba el coronavirus por un lugar cerrado, para comprenderlo.

Claro que esas infografías son ya infográficos y están a años luz de las que en 2011 los medios recibíamos con entusiasmo. Tienen trabajo de diseño, son multimedia y mezclan formatos y no son gráficos estáticos que siguen una plantilla. Son diseños complejos e inmersivos - The New York Times las emplea mucho, haciendo que los diferentes elementos se vayan cargando mientras haces scroll - que funcionan de forma compleja.

Para el marketing de contenidos tampoco han desaparecido del todo. Presentar información en una infografía es visualmente atractivo y hace que procesar la información sea más sencillo que nunca. Las infografías no son, eso sí, elementos que funcionan por ellos mismos. Ahora, se integran en los contenidos. Son la estrella invitada, el secundario que lo hace todo más bonito, en un entorno en el que el contenido en sí es más importante.

La infografía reina de 2012 ha perdido su glamour y su caché. Tiene lógica. En un entorno como el actual, en el que se consumen más vídeos que nunca y en el que empieza a ser más fácil que nunca también hacerlos, la infografía ha dejado de ser sorprendente y sofisticada. Es un elemento ya demasiado simple.

El año en el que murió la infografía

De hecho, buscando en la hemeroteca de PuroMarketing, ya queda claro que la infografía es un elemento de otra época: la última que escribimos sobre sus ventajas y el potencial del formato fue en 2015 (y sí, puede que desde entonces hayamos ocupado todo ese espacio hablando del potencial del vídeo).

Aunque, en justicia, habría que decir que en 2015 ya había quien se preguntaba si la infografía estaba muerta. Lo hacía una columna en PRWeek. Su conclusión era la de que no, seguía viva, pero también que se llevaba ya tres años hablando de "fatiga de infografías" y que se había saturado el mercado. Si se quería que una infografía molase, tenía que ser realmente relevante y buena.

"La publicación de infografías subió de forma sostenida entre 2007 y 2012, cuando tuvo su momento de pico, y ha empezado a declinar desde entonces", le explicaba justo ese año Sarah Rapp, directiva de insights y datos de comunidad de Adobe, a FastCompany. En el universo móvil había que jugar con otras armas y la propia infografía había dejado paso a un tipo de contenido visual más sofisticado. Quienes anunciaban por aquellas fechas la muerte de la infografía lo hacían señalando que habían dejado de ser únicas y que su espacio lo ocupaba el storytelling interactivo.

La infografía, por tanto, ha ido languideciendo desde entonces.