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En la carrera por posicionarse en el creciente mundo de los sistemas de bloqueo de los anuncios están apareciendo cada vez nuevos jugadores (para desesperación de medios y marcas). A los sistemas de adblocking que empezaron en el mercado se le han sumado copycats y competidores que ofrecen los mismos servicios, que hacen que los consumidores tengan más variedades y más sistemas posibles para bloquear los anuncios y que, por tanto, los puedan emplear más.

A ellos hay que sumar otro nuevo factor y es que están apareciendo los navegadores que, de entrada, bloquean la publicidad y que hacen que el consumidor no tenga realmente que instalarse nada para navegar sin ver anuncios. Estos emergentes servicios, como ocurre también con las tarifas de conexión a internet móvil que ofrecen de serie el no ver anuncios, son unos de los que están quitando ya más el sueño a los medios y a las marcas, ya que hacen que el problema se enquiste mucho más y que acabe directamente en la raíz. Si el navegador directamente bloquea al anuncio, poco puede hacer la marca o el medio para luchar contra ello.

Y, por tanto, no es de extrañar que los medios (especialmente) estén decididos a luchar de forma mucho más activa contra ellos y de ser mucho más activos a la hora de acabar con lo que ven como una amenaza. Los adblockers ya protagonizaron un movimiento similar y los medios ya intentaron eliminarlos vía sentencia judicial. Medios de Alemania o Francia demandaron a la empresa detrás del AdBlock Plus, el más popular de estos servicios, acusándolos de impedir el libre mercado. Las sentencias fallaron a favor de la herramienta en los casos en los que se ha llegado hasta el final del proceso, lo que ha hecho que la acción judicial no haya tenido el efecto buscado por los medios. Sin embargo, en el caso de los medios y los navegadores que bloquean los anuncios las cosas pueden cambiar porque la situación de partida no es la misma.

El culebrón judicial acaba de empezar, justo además cuando Brave, su protagonista por el lado de los adblockers, está a punto de comenzar a echar a andar. Brave apareció hace unos meses, cuando se empezó a hablar de él en la prensa estadounidense y saltó así a la cobertura mundial.

El navegador estaba pensado no solo para terminales móviles sino también para escritorio y conseguía hacer que la navegación fuese más rápida y mucho más privada (bloquea cookies y tracking pixels). Las marcas no podrán por tanto ni servir anuncios ni tampoco servir la navegación de los consumidores para acumular datos, que es lo que les interesa. Pero Brave no elimina la publicidad por completo (y ahí es donde podría estar el punto fuerte de la estrategia judicial de los medios) sino que permitirá al consumidor que quiera hacerlo ver anuncios. Esos anuncios serán más respetuosos con él y serán, además, escogidos por Brave, que creará su propia plataforma de publicidad. Los medios se llevarán el 55% de los ingresos asociados a esos anuncios, el internauta el 15 (se le pagará al final por ver publicidad) y Brave se quedará con el otro 15%.

Un melodrama judicial

Y ahí es donde los medios han encontrado un agujero. Un grupo que aglutina a algunos de los grandes grupos de medios de EEUU (están dentro Dow Jones, The Washington Post o The New York Times) han enviado ya una carta de cese y desistimiento al navegador, para que deje sus operaciones tal y como están. Según estos medios, la posición de Brave es completamente ilegal y atenta contra las normas del mercado. Según sus posiciones, Brave está aprovechándose de los 5.000 millones de dólares que la industria de los medios estadounidense invierte cada año en generar contenidos para hacer negocios ellos mismos.

Esto es: Brave sería una suerte de pirata de los contenidos. El navegador no corta pega la información para hacer que esta llegue al consumidor con los anuncios que él quiere que vean (y los que a él le darán beneficios) pero, para los periódicos, está haciendo algo bastante similar. Está violando su propio copyright y los términos de uso de los medios al ofrecer una manera de acceder a esos contenidos no siguiendo las normas del juego y haciendo caja con ello.

Los medios le acusan de hacer un uso no autorizado de los contenidos y de hacer competencia desleal.

La carta se acompaña con la amenaza de convertir la situación en una batalla legal en la que se podrían pedir a Brave daños por valor de 150.000 dólares por medio (y, como recuerdan en Business Insider, en Estados Unidos hay más de 1.200 periódicos).

Por su parte, Brave les ha acusado de no comprender el mercado y de no darse cuenta de que soluciones como esta podrían ser la única alternativa viable que tienen para parar la sangría de ingresos que sufren los medios.

Y, aunque no es difícil comprender el punto de vista de los medios (al fin y al cabo, Brave está haciendo caja directamente con el trabajo ajeno), lo cierto es que lo que ha ido ocurriendo en los últimos meses tampoco hace pensar que la justicia les vaya a acabar dando la razón si esto se convierte en un culebrón judicial. Al fin y al cabo, parte del argumento usado contra los adblockers era similar (ellos también rompen las reglas del juego y también hacen caja con ello mediante las listas blancas) y la justicia no sentenció a su favor.

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