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¿Sufrimos un exceso de estímulos digitales? Cada día, los consumidores se cruzan con más y más mensajes, emplean más y más dispositivos digitales y están más y más conectados a la red. El futuro es además cada vez más y más conectado y cada día son más los dispositivos y los elementos que tienen una conexión a internet. El internet de las cosas está haciendo que hasta los juguetes estén en la red y que hasta ellos puedan recibir mensajes o emitirlos. El poder de internet es por tanto cada día mayor y el volumen de cosas que podemos hacer en la red es cada día más variado.

Esto ha hecho que los consumidores estén en todo momento conectados y que estén recibiendo en todo momento información. Esta es la era en la que los ciudadanos están más informados que nunca y esta es también la era en la que los consumidores pueden quedar sepultados por un exceso de información. Acceder a datos, recibir el impacto de una historia, es más fácil que nunca y de hecho no hay ni que esforzarse para lograrlo. La información sale a la caza del consumidor y lo acecha, por así decirlo, en cada vuelta del camino.

Además, esta realidad, el estar siempre conectados, ha hecho que hayan cambiado los hábitos de los consumidores en todos los niveles. No solo se recibe la información sino que se ha comenzado a vivir de un modo en el que el flujo constante de datos es prácticamente una necesidad. Los consumidores ven la televisión mientras echan mano de una segunda pantalla en la que buscan información sobre lo que están viendo o acceden a un universo paralelo de datos, aprovechando el momento para jugar a un juego, para echar un vistazo a las últimas noticias o para conversar con alguno de sus amigos empleando las redes sociales o las apps de mensajería.

Las franjas de atención se han convertido en algo reducido y en algo cada vez más peleado. Cada vez son más quienes están intentando hacerse con la atención de los consumidores y cada vez son más los que están buscando convencerlos del poder de sus propuestas, del atractivo de sus mensajes o de la necesidad de que interactúen con ellos. Desde el punto de vista de las marcas, este mundo es el más complicado al que se han enfrentado, ya que los consumidores se han convertido en un elemento cada vez más difícil de ser alcanzado. La competencia es cada vez mayor y hacer pasar los mensajes es cada día más complicado.

Pero ¿qué ocurre con los consumidores? ¿Qué es lo que este exceso de mensajes y este inacabable flujo de información les están generando a ellos? Por una parte, internet ha modificado nuestro poder de atención y ha hecho que nuestro cerebro sea capaz de dedicar menos tiempo a cada cosa. No es ni mejor ni peor: simplemente se ha producido un cambio en cómo operamos. Las personas ya no se lanzan a memorizar caudales ingentes de datos porque para ellos, en el mundo actual, ya no tiene sentido hacerlo. No se necesitan saber los detalles y las cosas específicas: ahora lo que el cerebro recuerda es cómo llegar hasta ellas. Internet ha hecho que la información esté siempre disponible así que los consumidores no tienen que recordar esa información sino más bien el camino que deben seguir para volver a encontrarla.

Por otra parte, internet y el exceso de información está teniendo otro efecto en los consumidores. Estos se sienten abrumados por el exceso de datos.

Los ciudadanos, abrumados por el exceso de información

Y los consumidores acaban quejándose de ello. Según los datos de un estudio que acaba de realizar Aimia entre una muestra de consumidores de diferentes países, los consumidores se quejan de forma recurrente sobre el exceso de mensajes que reciben de las marcas, especialmente los que han denominado como los High Volume Sensitive, los que son especialmente sensibles a los grandes volúmenes de datos.

El 59% de los consumidores de este último grupo asegura que se siente abrumado por el exceso de mails que recibe de las marcas, un 60% de los SMS que les mandan y un 62% por las notificaciones push que llegan a sus dispositivos móviles. Todo este exceso de mensajes hace, además, que se sientan menos inclinados que los demás consumidores a interactuar con los mensajes de las marcas y solo responden ante ellos cuando son realmente interesantes, como puede ser el caso de los mails personalizados.

Estos consumidores no solo ignoran los mensajes que reciben de las marcas sino que además son muy decididos a la hora de simplemente cortar amarras con ellos. Un 84% acaba cerrando sus cuentas o dándose de baja de las bases de datos de las marcas para no recibir esos correos, un 82% desinstala apps para evitar sus notificaciones y un 86% deja de seguir a esas marcas que los abruman en redes sociales.

Estos consumidores no son, además, de entrada más reticentes que los demás a la hora de dar sus datos personales y de contacto a las empresas. Lo son del mismo modo que los otros. La diferencia está en que ellos son mucho más dispuestos a tomar cartas en el asunto cuando el resultado no les gusta.

Pero no solo importan los usos y costumbres de estos consumidores sino también su peso dentro del total de consumidores. Y lo cierto es que su peso dentro del total no es una cuestión a desdeñar, especialmente entre ciertos grupos demográficos. Como suele ser habitual ante este tipo de posiciones, los millennials son los que suelen ser más reticentes ante recibir mensajes de las marcas y los más decididos a cortar relaciones con ellas.

El 44% de los millennials podría entrar dentro de esta categoría de usuarios, según los datos del estudio, superando ampliamente la presencia de estos consumidores altamente sensibles antes el exceso de información en otros grupos poblacionales. En la Generación X, por ejemplo, son solo el 13%.