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En el panorama de las cosas que son casi esperables cuando se va a un restaurante en los últimos tiempos está un nuevo casi estereotipo de cliente. En alguna mesa habrá algún niño y ese niño estará pegado a la pantalla de un smartphone o de un tablet. Si se está sentado cerca de esa mesa, lo más probable es que durante la comida se tenga que seguir como sonido de fondo las aventuras de algún personaje animado en algún vídeo subido a YouTube.

Si hace unos años los expertos y los educadores hablaban del problema de la caja tonta y de cómo la televisión se había convertido en una especie de niñera recurrente, siendo empleada de forma cada vez más habitual para entretener a los niños, ahora se podría hacer lo mismo con los smartphones y con internet. Es como si la caja tonta y todo el discurso que se construía entonces sobre ella se hubiese compartido en una cuestión móvil. La niñera es ahora el móvil y su conexión a la red.

Los estudios apuntan a que la tendencia va en aumento. Los tiempos de consumo de pantallas móviles de los niños estadounidenses, el último mercado en el que se han obtenido datos (y el que suele funcionar como una suerte de elemento medidor de lo que luego pasará en otros mercados), son ahora mismo prácticamente 10 veces más de lo que lo eran en 2011. Y esos son datos además ligados a la franja de edad de 0 a 8 años. En 2011 sus tiempos móviles rondaban los 5 minutos al día. Ahora mismo están ya prácticamente en los 50. Como apunta a Quartz un directivo de una ONG que analiza los consumos de medios, se ha producido un cambio "sísmico".

A eso se suma que no solo los niños acceden cada vez más a contenidos desde pantallas móviles, sino que además lo hacen cada vez más desde sus propias pantallas móviles. Un 42% ya tiene su propio tablet (un 1% lo tenía en 2011) y un 10% tiene un smart toy que se conecta a internet.

La cuestión es además bastante diferente a la que hace unas décadas implicaba la televisión. En los 90, todo el debate estaba en que eran demasiadas horas de consumo continuado de contenidos en una pantalla y en el tipo de contenidos que se programaban (era la era en la que los padres estaban preocupados por los dibujos violentos). Ahora la cuestión es mucho más compleja, ya que no solo se trata de la cantidad de tiempo o del tipo de contenidos lanzados a los niños, sino también de que es cada vez más complicado el controlar qué ven y qué no ven y, sobre todo, que la normativa en cuestiones publicitarias en la red es más difusa de lo que lo es en otros medios.