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La IA avanza en las empresas pero su impacto financiero sigue siendo limitado

El informe de Deloitte revela que la productividad empresarial crece pero no los ingresos netos

Por Redacción - 22 Enero 2026

El despliegue de la inteligencia artificial en las empresas y organizaciones ha alcanzado un punto de inflexión donde la ambición tecnológica colisiona con la realidad de los balances financieros.

Según el reciente informe de Deloitte, existe una brecha notable entre la intención y el impacto económico directo. Aunque el setenta y cuatro por ciento de las empresas ha integrado herramientas avanzadas con la esperanza de elevar su facturación, apenas una quinta parte de ellas ha logrado transformar ese potencial en un incremento tangible de sus ingresos. Esta disparidad sugiere que la tecnología, por sí sola, no es un motor de rentabilidad inmediata, sino un facilitador de capacidades operativas que requieren tiempo y una reconfiguración estructural para florecer.

La narrativa de la productividad ha ganado terreno frente al escepticismo inicial, pero lo hace de manera silenciosa y centrada en la eficiencia interna.

Alrededor de dos tercios de los líderes empresariales sostienen que los procesos se han vuelto más ágiles, logrando una optimización que, si bien no se refleja aún en las ventas finales, ha permitido reducir costes en un cuarenta por ciento de los casos analizados. La democratización de estas herramientas es un hecho irrefutable: en apenas un año, el acceso de la fuerza laboral a sistemas aprobados por sus departamentos de tecnología ha crecido un cincuenta por ciento, situando a más de la mitad de los empleados en una posición de convivencia diaria con modelos de lenguaje y sistemas automatizados.

Sin embargo, el verdadero desafío reside en la profundidad de la integración. Únicamente el treinta por ciento de las organizaciones ha rediseñado sus procesos críticos en torno a estas capacidades, mientras que la mayoría se limita a un uso superficial que no altera la lógica fundamental del negocio. Esta cautela organizativa se manifiesta en la transición de proyectos piloto a fases de producción masiva. Actualmente, solo una cuarta parte de las compañías ha logrado escalar de forma exitosa más del cuarenta por ciento de sus experimentos iniciales, aunque las previsiones apuntan a que este porcentaje se duplicará en los próximos meses, marcando el inicio de una era de ejecución más que de exploración.

El componente humano y laboral también atraviesa una transformación profunda pero desigual.

Las proyecciones para el cierre de 2026 indican que más de un tercio de las empresas espera automatizar al menos el diez por ciento de sus puestos actuales, una cifra que asciende al ochenta y dos por ciento cuando se proyecta a un plazo de tres años. A pesar de estas expectativas de automatización, existe una desconexión preocupante en la preparación del talento. Menos de la mitad de las firmas está educando activamente a su personal sobre el valor y la ética de estas tecnologías, y la desconfianza persiste entre los empleados no técnicos, donde solo un pequeño grupo manifiesta un entusiasmo genuino por el cambio.

Mirando hacia el futuro inmediato, el interés se desplaza hacia la inteligencia artificial agéntica, sistemas capaces de actuar con autonomía para resolver tareas complejas sin supervisión constante. Aunque su adopción actual es moderada, el setenta y cuatro por ciento de los directivos planea desplegar estos agentes en un periodo de dos años. No obstante, la madurez en la gobernanza de estos sistemas sigue siendo la asignatura pendiente, ya que solo una quinta parte de las empresas cuenta con modelos de control sólidos. El éxito a largo plazo parece depender de la capacidad de los líderes para pasar de la simple adopción de herramientas a la creación de una ventaja estratégica que diferencie su propuesta de valor en un mercado saturado de soluciones automatizadas.

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