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Una de las tendencias un poco de moda el año pasado, el tipo de movimientos que aparecía tanto en los medios sobre tecnología como en los de bienestar, salud y estilos de vida, era el de tomarse un descanso en conexión. Es decir, los usuarios se tomaban vacaciones en su vida conectada.

Hay quienes durante una temporada eliminan todas las pantallas, quienes se pasan a un móvil con menos funcionalidades para así no estar pendientes de las cosas que les llegan por las redes sociales todo el tiempo y hay quienes directamente borran su presencia en los social media. De hecho, cuando se produjo el momento de pico de la crisis por la privacidad y el uso de los datos personales por parte de Facebook, eliminar la presencia en esa red social fue un punto en crecimiento.

Por supuesto, la presencia de esta tendencia ha hecho que los medios dedicasen mucho más espacio al por qué de su existencia y no solo a la existencia en sí. Cada vez se analiza más y más qué impacto tienen las redes sociales en nuestra vida cotidiana y en nuestra percepción de las cosas. Las redes sociales son, en cierto modo, o eso dicen los analistas, adictivas.

De hecho, y por mucho que todas estas tendencias estén en marcha y por mucho que las críticas por temas de privacidad sean cada vez más recurrentes en lo que a Facebook toca, en cifras netas a las redes sociales no les van mal las cosas. Sus tasas de usuarios no paran de crecer. En su última presentación de resultados, y aunque había quienes esperaban un cierto apocalípsis o al menos el principio de uno, Facebook no presentó malos datos. Al contrario: sus cifras de usuarios activos habían aumentado.

Por tanto, no sorprende que aunque ya cuatro de cada diez usuarios de Facebook se han tomado descansos (y largos) de la red social, los consumidores no sean capaces de completamente desconectar de ella. Un estudio reciente concluía que los usuarios sentían que tendrían que recibir entre 1.000 y 2.000 dólares si estaban obligados a dejar de usar Facebook durante un año.

Facebook se ha integrado en la vida cotidiana de una manera tan poderosa (y como punto destacado de lo que ocurre con todas las redes sociales en general) que dejarlo se ha vuelto muy complicado. Todo el mundo está ahí, al fin y al cabo. Con su última presentación de resultados, algunos titulares ya señalaban que Facebook tiene más usuarios que el cristianismo, la religión que - sumando todas sus ramas - tiene más seguidores. Hace tiempo además que, si se comparaba la cantidad de usuarios de Facebook con la lista de países más poblados, Facebook sería ya uno de ellos.

Menos tiempos con pantallas

Dejar Facebook, como recuerdan en The New York Times, nos permitiría pasar más tiempo en persona con nuestros familiares y amigos, tener más horas de ocio o estar menos informados sobre la realidad política... pero también estar mucho menos arrastrados por la fiebre partidista.

Un estudio, realizado por expertos de las universidades de Stanford y de Nueva York, acaba de intentar comprender qué ocurre con Facebook y sus usuarios, cuál es la influencia que tiene en su cerebro y su personalidad. El estudio no parte de una premisa exactamente nueva. Otros anteriores han llegado incluso a decir que lo que pasa en nuestro cerebro cuando usamos Facebook es similar a lo que ocurre cuando se es adicto a las drogas (algo que Facebook ha rechazado de pleno).

En el estudio reciente, se pidió a parte de los participantes que desactivasen sus cuentas durante un mes para establecer qué ocurría cuando se dejaba de emplear la red social (los demás funcionaron como grupo de control). La conclusión tras el mes de apagón es que habían pasado más tiempo desconectados, no solo de Facebook sino de las pantallas y de la red en general.

Un público cautivo

Esta adicción a Facebook no solo es importante y relevante para la propia compañía, sino también para las marcas en general, que al fin y al cabo también están presentes en la plataforma y que la usan para transmitir sus mensajes. Esta adicción a la red social y esta necesidad constante de estar conectados implican que los consumidores siempre sean alguien a quien llegar. Es decir, siempre están ahí, al otro lado, posibles receptores del mensaje de las marcas. Es como tener un canal de comunicación constante, 24h/7, que los consumidores nunca apagan.

Eso, por otra parte, también hace que estén cada vez más saturados de mensajes y de información, lo que a la larga hará que todos los datos que se les mandan se vuelvan mucho menos relevantes.

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