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Uno de los problemas a los que los consumidores se han enfrentado en las últimas décadas de forma destacable es el de la obsolescencia programada. Se puede usar la afirmación que suelen lanzar los consumidores de más edad para comprender qué es lo que se quiere decir con esta idea: cada vez que un consumidor se queja de que las cosas ya no duran tanto como cuando él era joven está, en realidad, explicando claramente lo que este concepto quiere decir. Las cosas están llamadas, por así decirlo, a durar menos.

La obsolescencia programada no es algo nuevo. Los expertos fijan su nacimiento en los años 30. Tras la crisis del 29, las marcas se enfrentaban a un serio problema. La crisis económica había hecho caer el consumo y estaba lastrando las ventas de los productos. La gente no compraba cosas nuevas y prefería tirar con las viejas. Por ello, un fabricante propuso que se aplicase, por ley, la idea de que todas las cosas tenían que tener una vida finita (y prepararlas para ello).

La norma no salió adelante, pero la idea quedó flotando en el ambiente y se convirtió (o eso es lo que apuntan las pruebas de los analistas) en una realidad oficiosa. Las bombillas tenían una vida útil superior a la actual antes de esa época y las medias eran mucho más irrompibles en los años 20 que lo que lo fueron después, o al menos eso dicen los analistas.

Los productos que según las pruebas están llamados a morir en algún momento son muy variados, aunque los tecnológicos son los más habituales en estos listados. Las impresoras suelen ser el ejemplo que todo el mundo indica, ya que suelen dejar de funcionar después de un cierto número de impresiones (y no es nada complicado encontrar vídeos en YouTube donde se explica cómo resetearlas).

La obsolescencia no es además algo tangible. Es decir, en muchas ocasiones, lo que marca que el consumidor cambie de producto es el hecho de que los productos dejen de funcionar, pero no es la única razón por la que se da el salto a otros productos.

A veces, los consumidores cambian productos plenamente operativos por razones mucho más diversas, como ocurre, una vez más, con la tecnología. Los cambios y los avances hacen que los productos se queden obsoletos. Puede que un ordenador de los 80 siga funcionando perfectamente, pero los consumidores no quieren seguir usándolo porque los ordenadores recientes son mucho más eficientes, permiten muchas más posibilidades y son, en definitiva, mejores.

Este tipo de obsolescencia no está solo está marcada por los cambios en los productos y cómo estos superan a las versiones anteriores, también está marcada por los cambios en las modas y lo que hace que los consumidores deseen otros productos y no los que ya tienen. Esta realidad se puede ver claramente en los productos del sector de la moda, donde los cambios en las tendencias son los que empujan directamente el consumo. Esto hace que con cada temporada los consumidores sientan la necesidad de renovar su armario.

¿Puede ir más allá incluso la obsolescencia? ¿Podrían los consumidores sentir aún más la tendencia de comprar cosas nuevas?

¡Te devolvemos el dinero!

¿Por qué un consumidor siente que quiere un nuevo iPhone aunque en realidad el terminal parezca demasiado similar a la edición anterior? El efecto de la promesa de novedad tiene un impacto directo sobre el consumidor, que lo ve como algo no solo más novedoso sino también más emocionante y más interesante. El producto se convierte en más atractivo, simplemente porque nos han dicho que es más nuevo.

Las firmas están muy interesadas en que se produzca una elevada rotación de productos y en que los consumidores no se conformen únicamente con lo que tienen delante. Quieren que sigan haciéndose con sus productos, aunque en el caso de los productos no perecederos o en los que no tienen una elevada rotación es muy difícil conseguirlo. Las pequeñas modificaciones o las pequeñas mejoras hacen que las marcas tengan una excusa para impulsar que los compradores se hagan con esas cosas. Crear herramientas que generen sensación de seguridad en los consumidores hace el resto.

Eso es lo que las marcas consiguen con los programas de compra ahora y pagan después y, sobre todo, con los programas que hacen que no nos sintamos tan mal comprando los nuevos productos. Esa es la estrategia detrás de los planes 'renove' que hacen que el consumidor reciba un descuento por el producto que ya tenía y que logra, así, sentir que no está desperdiciando lo que ya poseía (y funcionaba).

Apple lanzó hace unos meses un plan renove por el que descontaba dinero a los consumidores que reciclasen con ellos sus viejos iPad e iPhones, aunque no es la única firma que cuenta con planes de ese estilo o muy parecidos. En uno de los catálogos de la vuelta al cole de Carrefour, por ejemplo, señalaban que si llevabas tu viejo tablet (y dejaban bien claro que tenía que ser operativo: el terminal tenía que encenderse y funcionar) a la tienda, te darían una bonificación cuando comprases tu nuevo dispositivo.

De este modo, el consumidor ni siquiera espera que el ciclo de vida del producto se cumpla, o que se acerque mínimamente a su final. El final del producto llega, simplemente, cuando encuentra un programa de una empresa que le haga sentirse menos culpable por comprar un nuevo producto y le haga creer que ha logrado una buena oferta.

Y aquí se abre la cuestión para el debate, ¿tienen por tanto los consumidores una parte de culpa también en la obsolescencia? ¿Están consiguiendo las empresas que los compradores se dejen arrastrar por los impulsos y logrando que la vida útil de las cosas que poseen sea cada vez menor, a pesar de que aún podrían durar mucho más tiempo? A medida además que la situación económica mejora, los consumidores eliminan muchos de los frenos al consumo que se habían autoimpuesto y hacen, por tanto, que las cosas sean más fácilmente consumibles. Las marcas solo tienen que darles un empujoncito.