Por Redacción - 3 Febrero 2026

Cada vez que Pepsi lanza una campaña comparándose con Coca-Cola reaparece una reacción casi automática entre los consumidores: si me gusta Coca-Cola, no voy a cambiar a Pepsi solo porque me lo diga un anuncio. Esa afirmación es lógica, honesta y, desde el punto de vista del comportamiento del consumidor, mayoritariamente cierta, pues las preferencias en categorías maduras como la de los refrescos de cola son estables, emocionales y profundamente ligadas al hábito, y la publicidad rara vez rompe lealtades fuertes, mucho menos cuando se trata de marcas que forman parte de la cultura popular desde hace décadas.

Esa dinámica no ha impedido, sin embargo, que Pepsi apueste de nuevo por avivar esa rivalidad en un escenario de altísima visibilidad: su último comercial para la Super Bowl LX 2026, titulado The Choice y dirigido por Taika Waititi, utiliza al oso polar ícono de Coca-Cola en una versión contemporánea del “Pepsi Challenge”, donde el protagonista elige Pepsi Zero Sugar sobre Coke Zero Sugar en una prueba a ciegas, generando una narrativa humorística y cultural que busca poner la marca en el centro de la conversación colectiva durante el mayor evento publicitario del año.

Sin embargo, asumir que una campaña es inútil porque no cambia gustos declarados es confundir el objetivo real de la publicidad moderna. En mercados saturados y altamente penetrados, el rol principal de la comunicación no es convertir a los fieles del rival, sino asegurar presencia mental. La publicidad no intenta reprogramar al consumidor, sino ocupar un espacio en su memoria para estar disponible cuando se produce una decisión, especialmente en contextos de baja implicación.

En ese sentido, la reciente campaña de Pepsi, que recupera el espíritu del histórico Pepsi Challenge a través de un test de sabor, no debe analizarse como un intento de persuasión directa, sino como un ejercicio de posicionamiento. El mensaje no es “abandona Coca-Cola”, sino algo mucho más sutil: “Pepsi sabe bien”. Es una idea simple, fácil de recordar y útil como justificación futura. No obliga a cambiar, pero reduce el riesgo percibido de elegir Pepsi cuando la ocasión lo permite.

Las pruebas de sabor, tan discutidas y a menudo criticadas, funcionan precisamente como ese refuerzo racional mínimo que acompaña a una decisión que, en la práctica, es emocional y contextual. En la vida real no bebemos refrescos a ciegas ni aislados del entorno. Bebemos marcas, rituales, recuerdos y símbolos. Aun así, saber —o creer— que una alternativa “gana” en sabor facilita que el consumidor ocasional se permita variar sin sentir que está renunciando a calidad.

El impacto real de este tipo de campañas no se encuentra en los consumidores declaradamente leales, sino en los muchos momentos de ambigüedad que existen en el consumo cotidiano.

Elecciones rápidas, compras sin planificación, ofertas, máquinas expendedoras o cartas de bar son escenarios donde la preferencia no está completamente cerrada. Ahí es donde el mental availability se convierte en ventaja competitiva. No por un gran cambio, sino por una suma de pequeñas decisiones favorables a lo largo del tiempo.

Eso no significa que la estrategia esté exenta de riesgos. Compararse directamente con el líder implica, inevitablemente, reforzar su centralidad en la categoría. Coca-Cola es la referencia cultural y mental del segmento, y cada mención contribuye a mantenerla en ese lugar. No es casualidad que la marca dominante rara vez recurra a comparativas directas: no las necesita. Para Pepsi, el equilibrio entre visibilidad y dependencia simbólica del rival es delicado.

Aun así, medir el éxito de esta publicidad solo en términos de cambio inmediato de preferencia sería injusto y simplista. La campaña no va a ganar la guerra de las colas ni a transformar gustos arraigados, pero sí cumple una función esencial: mantener a Pepsi relevante, recordable y mentalmente accesible. En categorías donde la diferencia real entre productos es mínima, esa presencia constante es, en sí misma, una forma de victoria.

Es cierto que si a alguien le gusta Coca-Cola probablemente seguirá eligiéndola. Pero si, llegado el momento, al ver una Pepsi piensa que no es una mala opción, la publicidad habrá cumplido su cometido. En marketing, especialmente en mercados maduros, eso ya es saber bien.

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