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¿Qué es lo que nos lleva a mentir alegremente y sin remordimientos a las marcas y a las empresas?
¿Por qué los consumidores sienten que no pasa nada por engañar a marcas y empresas?
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    Mentir está mal. Es algo que todos aprendimos en algún momento de nuestras vidas y que interiorizamos cuando éramos escolares, algo que lleva a que intentemos evitar las mentiras y falsedades. Sin embargo, hay un terreno en el que mentir nos parece menos mal y mucho menos un problema ético.

    Por muy morales que seamos, cuando estamos hablando con un comercial de la operadora de telecomunicaciones de turno que no nos deja en paz o cuando al abrir la puerta nos encontramos a un trabajador de una de las eléctricas intentando convencernos de que nos cambiemos de compañía no nos tiembla mucho el pulso. Mentimos fácilmente si con eso nos quitaremos de encima al comercial. La lista de mentiras posiblemente no se termine ahí y probablemente todos tengamos una larga lista de experiencias en este terreno que hemos protagonizado a lo largo de los últimos tiempos.

    ¿Qué es lo que nos lleva a mentir alegremente y sin remordimientos a las marcas y a las empresas?

    Un estudio que se acaba de publicar en el Journal of Consumer Psychology ha intentado encontrar una respuesta a esa pregunta, la de por qué nuestra brújula moral cambia cuando nos enfrentamos a las marcas y empresas. Porque al final no es solo que le digamos al (pesado) comercial de Gas Natural Fenosa que no vivimos en la casa cuya puerta acabamos de abrir, sino también que nos dedicamos a hacer otras cosas que no siempre son exactamente ya no morales sino legales. Comportamientos como la piratería o hasta el quedarse con cosas de las tiendas sin pagar (robo, al final) no son fronteras morales tan difíciles a conquistar.

    "La gente está mucho más abierta a hacer algo que pone en riesgo su propia integridad si creen que la compañía es poco ética", explica Jeffrey Rotman, profesor en la Deakin University y responsable del estudio. "Este deseo de castigar a una marca dañina ocurre incluso cuando el consumidor no ha tenido una experiencia personal negativa con la compañía", añade.

    Los dos estudios

    Para llegar a esta conclusión, el estudio enfrentó a los participantes a una compañía farmacéutica ficticia. La empresa, según les contaban a los participantes, fabricaba medicamentos contra el Parkinson y contra la brucelosis. A una parte de los participantes les dijeron que iban a subir el precio de los medicamentos en un 300% para tener más ingresos (aunque esto llevaría a que una parte de sus clientes no pudiesen pagarlos) y a otra parte le dijeron que no iban a hacerlo, aunque así perdían margen de beneficio.

    La información tuvo un efecto directo en cómo los consumidores se comportaban en relación a la marca. Los que sabían que iban a subir los precios aseguraron que estarían más dispuestos a mentir, robar o engañar a la marca frente al otro grupo.

    Pero no solo ocurre esto en supuestos como este a lo Robin Hood. Otro de los experimentos usó un estudio federal estadounidense como escudo. Se les mostraron los datos a los participantes (la conclusión era que las operadoras de telecomunicaciones anuncian unas velocidades de navegación, pero sirven, recurrentemente, un 20% menos) y a la mitad se le dijo que esto les había afectado y a la otra mitad que no lo había hecho. Sin embargo, los dos grupos estaban más que dispuestos a escribir una carta exigiendo a su operadora que les cobrase un 10% menos, aunque solo la mitad tenía la verdad de su mano.

    Por tanto, los investigadores han llegado a la conclusión de que si los consumidores sienten que la compañía ha hecho algo mal asumen que tienen permiso para portarse mal con ella.

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