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Cuando era una adolescente, en la Barcelona de los años 30, Pilar Duaygües empezó a escribir un diario sobre su vida y sobre la ciudad en aquellos años. El diario fue publicado hace unos años por la editorial Espasa, porque la adolescente capturó en sus páginas el día a día durante la Guerra Civil. Sus anotaciones sirven también para ver los patrones de consumo que se habían establecido durante los años 30, como el de la popularidad del cine.

En una de sus anotaciones de principios de julio, antes del estallido de la contienda, la adolescente apunta que fue al cine a ver un maratón de películas con su amiga Anita. "Al salir fuimos al bar Automático a tomar sándwiches y refrescos", explica, sobre aquel "día muy agradable" de principios de verano. Duaygües no cuenta nada más sobre ese bar Automático, dejando el nombre como si fuese algo popular y conocido por cualquiera en ese momento. Lo era, ciertamente, por muy opaco que nos suene ahora mismo.

Aunque este bar se había hecho con el genérico como nombre, los bares automáticos fueron una de esas ideas modernas de los años 30 de las que luego se olvidó todo. Eran un bar, cierto, pero sobre todo eran una experiencia. Eran marketing de las experiencias muchas décadas antes de que el término se pusiese de moda.

Los bares automáticos empezaron, como otras novedades, en Estados Unidos. Caras y Caretas, una revista de Buenos Aires, así lo cuenta cuando habla de cómo la experiencia había llegado a Argentina a finales de los años 20. El bar automático era una sucesión de máquinas en las que se echaban unas monedas y que te daban lo que querías. Las máquinas eran de bocadillos y otras comidas rápidas. El usuario se entregaba al "self service".

En Europa también se instauraron. La prensa española hablaba por esas mismas fechas de los que había en Berlín, recordando que "en Madrid se abrió uno hace algunos años con mal resultado" (las máquinas no funcionaban bien y la picaresca lastró sus resultados). Pero en los años 30 ya había bares automáticos por las ciudades españolas, como demuestra el diario de la adolescente barcelonesa y como muestran los anuncios.

Los bares automáticos en España

Una publicidad en septiembre de 1935 en la revista Crónica anuncia la apertura del "primer bar automático español". Se llamaba Toki-Una y estaba en Madrid. El anuncio explicaba que la novedad había hecho que se agolpase mucha gente para ver cómo funcionaba en su primer día. El bar tenía incluso un jardín.

Sin embargo, en los anuncios de los años anteriores ya aparecía mencionado un Bar Automático Tanger, que una historia en la prensa confirma como un bar automático. Según cuenta La Voz en enero del 36, habían incluido servicio de restaurante. La clave, se puede concluir leyendo el artículo, es que todo era barato y que, como era automático, podían servir a muchas personas cada día (3.000, según las estimaciones de los dueños de ese bar).

No había camareros más allá de un servicio de barra y usaban unas fichas propias para prevenir el fraude. De hecho, hay quien lo considera la gran novedad, ya que apareció en 1935 y rompió con lo habitual. En sus máquinas se podían comprar bocadillos y otras cosas similares de forma rápida, algo que permitía a los consumidores poder comprar antes de entrar en el cine. El aspecto de este bar automático era, además, muy moderno.

Madrid no fue la única ciudad en la que hubo bares automáticos. Un anuncio en la prensa de Valencia ya invitaba a principios de la década a ganar "una fortuna rápidamente" instalando un bar automático con máquinas hechas en Viena En espacios como TodoColección, por ejemplo, se pueden comprar ahora mismo las fichas que se usaban en los de Barcelona. La hemeroteca deja descubrir que la ciudad contó con uno, que abrió una segunda sucursal en otra calle (lo que invita a pensar que tuvieron éxito). El primero de Barcelona estaba en los bajos del Hotel Continental y abrió en 1932, lo que lo convertiría en posiblemente el pionero de los bares automáticos en la España de los años 30.

También hubo bares automáticos en Sevilla, Valencia, Bilbao y Vitoria.

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El Bar Automático Tánger desde la puerta de entrada Foto 100 años de Gran Vía

Experiencia como elemento clave

Los bares automáticos estaban muy en línea con la atmósfera de los tiempos y con los patrones de consumo de los años 20 y 30, que buscaban la idea de la modernidad. Para sus clientes, eran una experiencia y algo que permitía ofrecer una vía rápida para hacerse con comida. Tanto, de hecho, que en Madrid llegó a existir uno llamado Presto.

Una columnista escribe en La Prensa, un periódico tinerfeño, sobre la prisa y como consume a las personas de su tiempo. Todo va tan acelerado, nos cuenta, que Madrid ha dejado de ser la ciudad de los cafés para llenarse de "cines de sesión continua y ese curioso bar automático, Presto, donde uno mismo se sirve lo que pide".

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