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Para los niños que crecieron en España en los primeros años de la televisión, allá a mediados del siglo XX, la tele era un elemento llamativo y casi mágico, una novedad al alcance de unos pocos y muy deseable. No es muy difícil encontrar a alguien que cuente historias sobre cómo llegó la primera televisión a la casa de alguno de sus vecinos y cómo los niños acababan dejándose caer por allí para verla.

Desde ese primer momento, la televisión se fue asentando como la reina de la casa y como el electrodoméstico clave. Era la pieza central de la sala de estar (luego también de la cocina e incluso de las diferentes habitaciones, para ver la tele desde cama) y el elemento que sentaba a todo el mundo en el sofá a ver los contenidos. Si se pregunta a los niños que crecieron durante los años 90, ellos hablarán de una televisión omnipresente y de la experiencia de ver en familia series de éxito.

Como antes había ocurrido con la radio, la televisión se convirtió en el epicentro de las horas de entretenimiento pero también en el elemento clave de acceso a la información (los telediarios de las diferentes cadenas eran la vía de entrada principal de la actualidad en los hogares) y en el punto de conexión entre marcas y consumidores. En España, la aparición de las televisiones privadas a principios de los 90 multiplicó los canales, aumentó la competencia por ser los que ofrecían los mejores programas y creó una pasarela más para que las marcas llegasen a sus consumidores.

La televisión tenía audiencias millonarias y los grandes eventos televisivos se convertían en excusas que dejaban las calles vacías. La serie de moda o el programa del momento, que los espectadores tenían que ver en el momento exacto en el que este era emitido, protagonizaban conversaciones y eran el elemento dominante de su momento.

El reinado de la televisión parecía muy sólido y su posición muy estable. Cualquiera que viese los grandes números de audiencias que cosechaban los momentos clave de las emisiones noventeras podría pensar que nada haría que la tele entrase en crisis. Sin embargo, el tiempo sí ha tenido un impacto en la situación de la televisión, que ha perdido su trono incuestionable. Y, posiblemente, ningún día mejor que el Día Mundial de la Televisión para analizarlo.

De la TDT al VoD

Si hay un elemento que explica la crisis de la televisión, es internet. En España, sin embargo, las audiencias de infarto empezaron a perder fuelle antes incluso, porque el primer golpe para la tele de los 90 llegó con la televisión digital terrestre.

El apagón analógico trajo una televisión digital, con mucha mejor calidad y con resoluciones mejores. También aumentó, sin embargo, el número de canales (aunque están, al final, todos en manos de los mismos players del mercado), lo que diversificó la oferta, creó canales de nicho (algunos, como Divinity, muy exitosos) y también fragmentó las audiencias. Ahora, los espectadores tenían muchas más cosas para ver y muchos más espacios a los que irse.

Fue el primer gran cambio de la televisión del siglo XXI, pero no el único. La TDT varió la oferta, pero no expulsó a los espectadores de la tele. Puede que estuviesen viendo otros programas, pero seguían viendo la televisión. No es lo que ocurre ahora.

La televisión está perdiendo empuje por la presión de internet. Eso sí, la tele también debería hacer examen de conciencia sobre sus ofertas y sus contenidos, porque las decisiones que ellas mismas han tomado - al margen del impacto de las nuevas plataformas online - han creado un contexto en el que los consumidores están muy saturados por lo que ofrecen.

El exceso de publicidad, con pausas de anuncios que parecen infinitas y desplazan la hora de finalización de los programas, ha hecho que los consumidores acaben hartos con la experiencia de visionado. Sienten que merece poco la pena, porque acabarán sufriendo parones larguísimos para los anuncios. Si a eso se suma que las televisiones han tenido poco cuidado con cómo lanzan los anuncios (en las cadenas de la TDT se lanzaban incluso sin tener cuidado de que no partiese de mala manera la emisión), se puede comprender aún mejor el hartazgo.

Por otro lado, en España, las televisiones han saturado a su audiencia con otro problema, el del retraso del prime time. Si en los 90 la hora a la que empezaban los programas destacados estaba en las 21.30, ahora ronda ya las 23 horas, lo que hace que las emisiones terminen a horas intempestivas y molesta a los espectadores.

Si a todo ello se suma que las televisiones tampoco han actualizado sus métodos en audiencias y en lo que ofrecen a los anunciantes (se sigue usando el audímetro, aunque es un sistema obsoleto), se puede comprender cómo se creó la tormenta perfecta.

El tirón del VoD

Mientras ocurría todo esto, la industria del streaming se iba a asentando con firmeza e iba acostumbrando a los espectadores a acceder a los contenidos de un modo completamente diferente. A medida que Netflix se iba haciendo más y más popular, estaba educando a las audiencias y preparando la base para un cambio en el paradigma del consumo de contenidos.

Las televisiones de cable estadounidenses fueron las primeras en sufrir las consecuencias, con la aparición de los "cortadores de cable" y la migración de espectadores de un terreno a otro. Las televisiones europeas se resistieron en un primer momento, defendiendo que ese era un problema que no iba a llegar a Europa. Lo hizo y ahora tienen que tomar decisiones apresuradas para reposicionarse. Tienen que lanzar sus propios sistemas de streaming, aunque compiten con unas audiencias que han visto ya el potencial de sus competidores y que no tienen interés en darles una nueva oportunidad.

Los retos del streaming

Pero incluso para esos nuevos players, y a pesar de ser la estrella emergente de la industria, también existen retos y elementos que complican las cosas. No todo es perfecto en el mundo del streaming y no todo fluye como una realidad de color de rosa. Las plataformas de streaming también tienen que asumir ciertos problemas y buscarles soluciones.

Como señalan en un análisis desde De-Cix, las plataformas de VoD tienen de cara al futuro tres grandes problemas técnicos que impactan en su servicio y su experiencia de cliente.

El primero es que necesitan estar cerca de los usuarios, no solo de un modo figurado sino también físico. Necesitan reducir los tiempos de latencia, lo que les obliga a desplegar sus redes lo más cerca posible de sus usuarios potenciales. El segundo es el ancho de banda y la calidad, ya que necesitan asegurarse de que tendrán a su disposición el ancho de banda necesario para poder ofrecer un servicio de calidad. Y, el tercero y último punto, es la eficiencia de costes, algo complejo ya que lanzar contenidos que llegan a todo el globo no es barato.

En este análisis, se centran en ese punto en los costes técnicos, pero lo cierto es que los costes son, en general, uno de los grandes problemas de estas plataformas. Para ser competitivas y para sobresalir en un mercado que empieza a estar saturado y en el que resulta cada vez más complicado convencer al espectador de que se abra un nuevo perfil más, necesitan hacer una gran inversión en contenidos, lo que implica elevados costes que deben realizar incluso a priori de tener la plataforma en el mercado.

Netflix se gasta miles de millones en contenidos, pero quizás la muestra más clara de esta necesidad está en las nuevas jugadoras. Tanto Apple como Disney tuvieron que crear contenidos de calidad antes de estar en el mercado, para abrir con algo que sus consumidores quisieran ver y que no tuvieran en otros espacios.

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