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Una consumidora comentaba el otro día lo poco que le había gustado sacar un producto que había comprado de su caja. "Era todo plástico y más plástico", señalaba, "y cada vez llevo peor lo del plástico". El comentario casual estaba, en realidad, diciendo mucho de lo que los consumidores piensan y de cómo enfocan ahora mismo las cosas.

El plástico, que era una parte crucial e incuestionable del día a día hasta no hace mucho, se ha convertido ahora en una especie de enemigo público número uno, lo que ha impactado en la sensibilidad general que se tiene ante las cosas. Años atrás, cuando pedía en la frutería del supermercado que metiesen todas las frutas en la misma bolsa tras pesarlas, solían poner reticencias. Ahora, a la frutera le parece la petición más normal del mundo. Usar la misma bolsa para todas las frutas está lejos de ser un problema.

Posiblemente, esta situación esté marcada por un cambio de apreciación en lo que a las cosas se refieren. La presencia más habitual en las noticias - y sobre todo en los medios generalistas - de los problemas que genera el plástico y de su naturaleza casi indestructible han hecho que los consumidores sean mucho más conscientes de cómo el plástico es un problema para el medioambiente. El hecho de que los efectos del comportamiento humano en el entorno sean más evidentes en los últimos años (como ocurre con el cambio climático) también ha aumentado la sensibilidad hacia el problema.

Si a eso se suma además que las normativas han empezado a ser mucho más duras en estos temas, se completa la situación del plástico y su impacto en la vida moderna. Las normativas europeas que obligan a cobrar por las bolsas de plástico han hecho que la visión que se tiene de las cosas cambie y que la percepción del plástico también lo haga. Hace unas décadas, cuando los supermercados empezaron a cobrar por las bolsas por una cuestión de economía, los que lo hacían eran vistos como un poco más cutres (pero más baratos). Ahora, no hacerlo (incluso antes de ser ilegal) era un comportamiento un tanto de despilfarro.

Por supuesto, todo este contexto ha impactado en cómo se gestiona el servicio de atención al cliente y cómo se posicionan las cosas. En los supermercados, ya es cada vez más habitual encontrar bolsas de papel y que estas sean ya incluso la única opción disponible. Es lo que ocurre cuando se compra en los supermercados Lidl, por ejemplo, pero también el modo en el que el supermercado online de Dia entrega la compra. Mercadona, otro gigante de la distribución, empezó a mediados de abril la retirada de las bolsas de plástico de sus supermercados.

Foto Mercadona

Y, claro está, también se está cambiando el packaging. Una de las grandes tendencias es la de eliminar el plástico del packaging, algo que están haciendo compañías de todo tipo y en todo tipo de negocios. Desde packs de cervezas que eliminan los aros a compañías que permiten llevar envases de casa para no tener que usar los de plástico (lo hace Carrefour en sus supermercados), el plástico se ha convertido en el elemento a batir y a reducir.

Eliminar las anillas de plástico tiene un impacto muy positivo en el medioambiente

No se trata solo de una cuestión de plástico

Aunque la eliminación o reducción del plástico es el elemento más visible en esta tendencia a hacer el packaging más verde y más respetuoso con el medio ambiente, lo cierto es no es el único elemento clave y no es la única tendencia emergente que funciona en este terreno.

De hecho, entre las previsiones sobre cómo iba a cambiar este año el packaging, una de las tendencias a futuro y emergentes era la del impacto de la economía circular en el diseño del packaging. Esto llevaba a apostar por usar materiales 100% reciclados o en garantizar en cierto modo que el empaquetado del producto iba a tener una nueva vida una vez que se terminase de usar.

A eso se suma el creciente uso de materiales alternativos para crear el packaging, como puede ser el uso de materiales basados en plantas. Los bioplásticos, plásticos hechos a partir de plantas, son una de esas tendencias emergentes y cada vez mejor posicionadas. En muchas ocasiones son mucho más fáciles de reciclar (algunos son plásticos compostables, incluso) y tienen también un impacto mucho más bajo en su proceso de producción.

Algunas empresas están trabajando para usarlos de cara al futuro. Pepsico, por ejemplo, está investigando cómo puede emplearlos para crear bolsas para snacks. También cambian los usos que se dan a esos plásticos que no son exactamente plásticos de siempre. Cada vez es más habitual encontrar bolsas de aire de Sealed Air en el packaging de más y más cosas (Amazon las usa por ejemplo). Son la alternativa al plástico de bolitas.

Parece un cartón de leche normal y corriente, pero es sostenible

Los usos de esos nuevos materiales llegan a muchos terrenos, por ejemplo a los productos de alimentación. Arla ya vende en varios países de Europa cartones de leche que son 100% renovables usando bioplásticos y también cambia cómo empaqueta sus yogures para hacerlos más eco-friendly.

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