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Es una de esas noticias llamativas que acaban entrando en los medios digitales generalistas y en la que poco importa que en realidad su alcance sea muy limitado, geográficamente hablando. CVT Soft Serve, una pequeña empresa que vende helados en Estados Unidos, acaba de lanzar una nueva política de venta. A todo influencer que aparezca pidiendo helados a cambio de una foto en sus perfiles sociales, le cobrarán el doble de lo que cobran habitualmente.

La nueva política fue compartida en redes sociales, como recogían en Newsweek, con el hashtag crítico #InfluencersAreGross. "Nunca te daremos un helado gratis a cambio de un post en tu perfil en redes sociales. Es literalmente un producto de 4 dólares... bueno ahora son 8 dólares para ti". La compañía insistió en un post posterior que no les importaba tampoco la cantidad de followers que tenían.

Uno de los responsables de la empresa explicaba al medio estadounidense que habían decidido implantarla porque estaban "quemados" de gente que intentaba conseguir helados gratis por sus publicaciones. "Cualquiera puede tener seguidores si quiere pagar por ello", señalaba, apuntando que la ciudad (Los Angeles) estaba llena de "autollamados influencers" con amplias listas de seguidores "que son en realidad fake". A Vice le explicaba que "no puede trabajar gratis" y que le habían pedido de todo a cambio de "exposición". La gota que colmó su vaso fue la petición de que hiciese una fiesta en un fin de semana para 300 personas a cambio de conseguir visibilidad.

La respuesta online, reconocen los responsables de la empresa en la prensa estadounidense, está siendo positiva. Las noticias que le han dedicado al tema los medios que lo han cubierto también están siendo empáticas con su situación.

El lastre del influencer que solo quiere cosas gratis

Y, por supuesto, el vendedor de helados es el último pero no el primero que ha decidido poner punto y final a las peticiones de los influencers. La figura del influencer gorrón, que usa sus seguidores en redes sociales para simplemente intentar sacar todas las cosas gratis que pueda, existe casi desde el principio del boom de los influencers y se ha convertido en un lastre para la industria.

Para las marcas y las empresas, es alguien molesto, que hace que desperdicien no en pocas ocasiones recursos. Para el resto del ecosistema influencer, es un elemento negativo que no solo impacta de forma terrible en su reputación general sino que además también hace que las marcas y las empresas se saturen mucho más rápido y los vean cada vez con peores ojos. No hay más que pensar en las palabras que empleaba el heladero para explicar cómo se sentía. Hablaba directamente de estar quemado.

La industria de la gastronomía es una de las que ha llegado antes al límite del hartazgo. Una publicación en redes sociales del chef Dabiz Muñoz, de DiverXO, había criticado a los influencers que les pedían por mensaje directo que les invitasen a comer a cambio de una buena crítica en Instagram. "Pues así está el patio, que han oído buenas críticas de Diverxo y que les invitemos! Vaya jungla esta...", señalaba. Y el verano pasado se había hecho también viral (abriendo además la puerta a poner en tela de juicio lo que ocurría en páginas como TripAdvisor) el caso de un restaurante de Vigo que denunció el chantaje de una de estas influencers: como no la habían invitado a comer había dejado una reseña muy negativa, pero también muy falsa (nunca había comido allí).

"El concepto de influencer está muy desvirtuado porque mucha gente se presenta como tal cuando realmente no lo es", explicaba Rafaela Almeida, especialista en marketing con influencers, a El País ya el verano pasado. Muchos de los influencers que circulan por la red y que buscan esas cosas gratis no son en realidad fuentes de peso en sus mercados y no tienen tanto ascendente. "El primer paso es preguntarnos, cuando investigamos a un influencer, qué pasaría si Instragram dejara de existir. ¿Seguirían siendo personas que tienen una importancia para su sector, seguirían siendo un referente?", recomendaba.

Los influencers gorrones dejarían, sin duda, de tener eco y voz.

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