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Un estudio señala que el fundador-visionario lastra económicamente a la empresa, mientras que los analistas señalan su lastre en imagen corporativa
¿Ha llegado el momento del fin para el CEO-visionario?
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    Es casi como una de esas cosas que se dan por sentadas en el mundo de los negocios, especialmente en ciertos sectores como es el de las empresas de tecnología o de las ligadas a la innovación. El máximo responsable de la compañía tiene que ser un genio visionario y, para ser un genio visionario, tienes que ser necesariamente un genio raro.

    En lo de genio raro no solo tienen que ir ciertos elementos, como tener una filosofía y unas costumbres precisas (si usas siempre el mismo modelo de ropa, mejor, a lo Steve Jobs) sino también ciertas taras que, en este caso, se verán como un ejemplo más de que se es un genio. No tienes que ser ni agradable ni simpático, ni tus trabajadores tienen que sentirse cómodos contigo. Lo importante es la esencia: las ideas.

    El CEO-visionario, que muchas veces ha funcionado de forma paralela con el CEO-icono, ha sido una constante de los últimos años y un elemento siempre destacado de la esencia de las compañías de nuevas tecnologías. Tanto es así que se ha convertido en una especie de elemento determinante y decisivo, una cuestión ya de cultura popular, presente desde en las películas hasta en las series de televisión. En The Good Wife, la serie de abogados que fue muy popular hace unos años, el CEO-visionario de las compañías de tecnología está presente como uno de esos eternos secundarios, por poner un ejemplo. Ver los capítulos años después sigue siendo igual que verlos en su momento. La figura que representan sigue existiendo, con sus fallos y con sus elementos estrella.

    Pero, a pesar de su peso recurrente en la cultura popular y el hecho de que en muchos análisis suelan ser vistos como la clave que explica el éxito, el CEO-visionario y todas sus rarezas han sido puestos en tela de juicio ya en alguna ocasión.

    El visionario que quema la empresa

    Muchas veces, sus elementos que rompen con la norma se han convertido en un problema de relaciones públicas y en un lastre para la estrategia de comunicación de la compañía. En otras ocasiones, el directivo acaba quemándose y acaba siendo un elemento muy negativo para la posición de las marcas, como ocurrió con Uber y su crisis de hace unos meses.

    Travis Kalanick, su genio loco, se convirtió en un mal imposible de salvar, cuando su propia condición de visionario/genio loco/personaje que pasa de las normas no hizo más que hundir más y más a una compañía en crisis. Uber era vista como recogía un editorial de un medio estadounidenses como "la más odiosa compañía en tecnología, dirigida por bullies sexistas y mocosos" y Kalanick era su imagen de cabecera. El directivo tuvo que dimitir para frenar la escalada en la que se encontraba Uber.

    Y el caso Kalanick fue un ejemplo más de que el momento en el que a esos CEOs-icono se les perdonaba prácticamente todo ha terminado. Querer ser como Steve Jobs ya no es realmente una tan buena opción. Como ya apuntaban los analistas hace unos meses, han empezado a perder su magia y su efecto directo sobre el triunfo y éxito de la empresa. Los consumidores no solo son más críticos que nunca, sino que además esperan que los directivos y las empresas se asocien y respeten ciertos valores, valores que chocan con las cosas que hacían los genios locos.

    El fundador no es el mejor CEO

    Pero lo cierto es que no es solo una cuestión de percepciones, sino también de dinero. Un estudio realizado por un equipo de expertos de las universidades de Duke, Vanderbilt y Harvard acaba de demostrar que las empresas que están ligadas a visionarios fundadores son, en general, peores.

    Tienen peores resultados en términos de productividad y en son mucho peores cuando se analiza su gestión. "El CEO fundador es de lejos el peor tipo de CEO", asegura uno de los responsables del estudio. Y, de hecho, en el mundo de las startups los fundadores acaban siendo apartados de los cargos directivos tras la fundación a medida que entran inversores en ella. En cuanto el dinero de otros está en juego, esos otros acaban apartando al fundador-visionario de la gestión.

    La clave está en que por un lado los inversores no quieren meter dinero en algo que depende demasiado de una sola persona y en que por otro lado ser un visionario no implica ser necesariamente un buen gestor.

    A eso se suma que los valores de esos CEOs-visionarios no fueron nunca compatibles con el mundo laboral, pero son ahora menos aceptados que nunca. El nepotismo y todos esos trazos de personalidad de genio-loco son cada vez menos aceptados entre los responsables de tomar decisiones.

    Sus movimientos lastran al equipo y lastran a la imagen de la marca, lo que hace que la compañía no sea un lugar en el que los empleados se sientan cómodos para trabajar y en el que los consumidores se sientan también cómodos para consumir.

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