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Da la impresión de que cada día llega a los titulares de los medios un nuevo escándalo protagonizado por la Universidad Rey Juan Carlos y alguna de sus titulaciones. El último de la cada vez más larga lista de escándalos es el que protagoniza la Policía, ya que algunos mandos cursaron un título en la universidad - título que les permitió subir de escalafón - en condiciones que, según publica hoy La Información, no se ajustan a lo que dice la ley educativa española. Es solo un dato más tras el estallido del escándalo Cifuentes y de que se destapase cómo la presidenta de la Comunidad de Madrid contaba con un título de master que, las filtraciones a la prensa apuntaban, no debía tener.

Día a día y semana a semana, la reputación pública de la universidad se va hundiendo un poco más. Aunque ya han empezado a aparecer algunos artículos más o menos positivos (El Español publicaba, por ejemplo, este fin de semana un artículo de testimonios de ex alumnos destacados de la URJC), el impacto que todas estas filtraciones, escándalos y noticias negativas están teniendo en la imagen de la universidad está siendo en absoluto positivo. La URJC está viendo como su imagen pública va siendo horadada semana tras semana y como se va creando una imagen alternativa en absoluto positiva.

No tiene una imagen tan fuerte como para resistirlo

Y esto es un problema. La universidad tiene un serio problema de reputación, especialmente si se tiene en cuenta que de entrada no tenía ya una reputación especialmente definida. De las universidades públicas de Madrid, al menos desde fuera de la comunidad, no era de las más conocidas y populares.

Además, su historia es mucho más reciente que la que pueden tener otras universidades españolas - y hasta de su propia comunidad autónoma - que cuentan con una trayectoria histórica mucho más amplia y que, por tanto, tienen una reputación mucho más asentada y necesitan un golpe mucho más fuerte en reputación para que las cosas se tambaleen de un modo que pueda resultar irreparable.

Pero la situación no solo llama la atención desde ese prisma, sino también en comparación con lo que ocurre en el entorno privado. ¿Podría una marca o una empresa resistir una crisis de reputación como esta? ¿O estaría ya en una debacle de pérdida de confianza y de pérdida de apoyo económico? Y, por otro lado, ¿no habríamos asistido ya a una oleada de dimisiones y despidos?

El impacto entre los consumidores

Cierto es que por ahora es difícil saber cómo todo esto impactará en la relación de la universidad con sus clientes, que son al final sus alumnos. ¿Se pedirán muchos traslados de expediente tras el escándalo? ¿Caerán las matrículas en el próximo curso?

Este último punto solo se podrá confirmar tras las pruebas de Selectividad de principios de verano y el análisis de la respuesta que los estudiantes tengan tras haber aprobado. En los últimos años, algunas de las dobles titulaciones de la URJC entraban en los listados de las notas de corte más altas del año tras los exámenes (uno de los elementos que se suelen emplear a la hora de establecer reputación y prestigio), pero si los estudiantes se 'espantan' por las noticias podrían perder también este elemento de prestigio.

Ante una compañía y una marca 'normales' es mucho más fácil ver los efectos que una crisis de tamañas proporciones pueden tener en sus hábitos de consumo. La pausa en el consumo es inmediata (algo que no se puede hacer cuando se está estudiando una carrera) y los consumidores tienden a migrar a la competencia, especialmente si lo que se pone en tela de juicio es la seguridad y la calidad del producto que se está ofreciendo.

La respuesta a la crisis

Pero lo que sí se puede ver es cómo la respuesta a la crisis está siendo diferente a la que podría ser si quien estuviese en cuestión fuese una empresa o una marca de consumo y privada.

De hecho, con crisis mucho menores y por cuestiones mucho menos serias incluso - no hay más que ver algunos ejemplos de lo que ocurrió tras meteduras de pata en redes sociales - para ver cómo un error por muy mínimo que sea acaba teniendo consecuencias. Donetes retiró un packaging que se hizo viral en redes sociales por poco sensible y Ballantines acabó despidiendo a uno de sus CM tras una conversación sobre fútbol en la que se decantó por un equipo frente a otro (y despertó el odio de los seguidores del equipo no escogido).

Las crisis tienen además efectos concretos e inmediatos. No hay más que pensar en cómo las compañías tech pierden en bolsa cada vez que protagonizan un escándalo (véase el caso de Facebook en los últimos tiempos) y espantan así a los inversores.

Las crisis suelen venir acompañadas de dimisiones y despidos, ya que estas se convierten en una de las maneras de reconocer que se han hecho las cosas mal y de limitar el impacto del error. Esto es, son una manera de curar en cierto modo el mal y de limitar el alcance de la infección. En este caso, la primera reacción ha sido la de cesar de sus funciones al director del máster de Cifuentes, pero sin duda, la lista de implicados en esta cadena de irregularidades no acabará aquí, incluso si la dignidad se impone, con consecuencias para los políticos implicados.

Aquellas compañías que han intentado seguir adelante como si nada hubiese pasado han acabado viendo como el mal se enquista (especialmente si la crisis reputacional es muy grande) y el directivo y responsable se convierte en un activo tóxico.