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Una de las cuestiones que se han convertido en cruciales y decisivas para las marcas y las empresas es cómo los elementos del exterior amenazan a su imagen y a su reputación. En la era de internet, las marcas y las compañías no solo se tienen que preocupar por lo que ellas hacen y por el modo en el que lo hacen, sino también por lo que hacen otros y cómo les puede afectar a ellos.

Es lo que lleva, por ejemplo, a que sean especialmente cuidadosas con los influencers que escogen en sus campañas (nada peor que una campaña con alguien que después hace algo muy negativo) o que a seleccionen muy bien lo que ellas mismas publican en redes sociales.

Pero en el terreno de las amenazas de marca hay también un elemento muy peligroso, aunque aparentemente no lo parezca tanto, el de la publicidad programática. La publicidad programática deja en manos de un algoritmo las decisiones de con quién salen los anuncios y dónde se ubicarán. La marca o la empresa no tiene control alguno sobre el espacio final en el que sus mensajes aparecen, lo que hace que aumente el riesgo de que ocurran situaciones delicadas.

Como bien ha demostrado toda la saga de YouTube - en la que el último movimiento llegó hace nada y demostró que a pesar de todo no se habían corregido los problemas - la publicidad programática expone a los anunciantes a que sus mensajes aparezcan asociados a contenidos muy negativos.

Y ante este problema las grandes culpables suelen ser - o al menos eso es lo que se suele acusar - las plataformas publicitarias y los algoritmos en manos de los que dejan la selección de contenidos y de mensajes. El algoritmo escoge y el algoritmo lastra por tanto a la marca a la que mete al lado de un contenido extremista o negativo. Pero ¿no deberían asumir también las propias marcas y las propias empresas su responsabilidad como anunciantes?

Los anunciantes también tienen su parte de culpa

Y es que los anunciantes también están propiciando las situaciones de riesgo en las que se encuentran cuando ellos toman decisiones motivadas únicamente por cuestiones económicas. Es la versión universo publicitario del refrán popular que dice que nadie da duros a cuatro pesetas.

Los anunciantes siguen buscando un inventario que sea barato y siguen intentando que posicionar la publicidad les salga de la manera más económica posible. Eso es lo que buscan muchas compañías y por ello acaban echando mano de la publicidad programática. El precio hace que se olviden de los riesgos, aunque los últimos años y los escándalos que la programática ha protagonizado en este período hayan dejado claro que esos riesgos están bien presentes.

Como explica un directivo en un análisis en Warc, "los clientes prefieren el inventario barato: no el más barato, pero hay mucha presión en el precio". "Si quieres medios baratos, están es un entorno mucho más arriesgado", añade.

Por tanto, en la crisis de la publicidad programática y en la de los mensajes polémicos que sostienen los anuncios, las marcas y las empresas no están por completo exentas de culpa y deberían hacer su propio examen de consciencia. Si no se quiere pagar un precio ya ni siquiera premium sino más bien uno por encima de lo barato, hay que asumir que se cruzará la línea del peligro.