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Se podría decir que, en la lista de grandes premios en ciencias y en humanidades, los Nobel se han asentado como "los" premios por excelencia. Son los más reconocidos por los ciudadanos, que los valoran como un elemento que garantiza que las personas a las que se los han atribuido son las mejores de su campo y resultan sólidas y solventes.

Tanto es así, de hecho, que uno de los mitos sobre alimentación más populares de las últimas décadas tiene a un Nobel detrás. Uno de ellos publicó hace unas décadas un texto en el que defendía el valor de la vitamina C para luchar contra los resfriados. No lo sostenían pruebas científicas, sino solo su experiencia personal. Como el autor era un Nobel (aunque no de ninguna disciplina vinculada a ese terreno), los consumidores le dieron credibilidad. El zumo de naranja se convirtió en la bebida por excelencia de los resfriados.

Un premio Nobel da prestigio y esplendor a los que están vinculados con ello. Las universidades venden su calidad como espacios de enseñanza por la cantidad de premios Nobel que han pasado por sus aulas, por ejemplo. Un premio Nobel de Literatura hace que no solo se venda muchísimo de la obra del escritor ganador, sino también que la literatura en la que se mueve se convierta en una pequeña moda.

Pero a pesar de todos esos valores y de toda esa percepción externa, el premio Nobel acaba de vivir una profunda crisis de reputación, una que ha puesto en entredicho qué hacen y la ética de quienes toman las decisiones vinculadas al galardón.

Hasta esta crisis, el premio Nobel de Literatura se había ido anunciando año tras año. El premio solo había quedado vacío en 1914 y 1918, por el estallido de la I Guerra Mundial (pero sí se entregó en 1915,16 y 17), y entre los años 40 y 43, por la II Guerra Mundial. Desde ese parón, los premios se habían anunciado año tras año y, aunque hubo un año sin entrega, fue porque el ganador, Jean Paul Sartre, rechazó el premio.

En los últimos años, el premio Nobel de Literatura había protagonizado no pocas críticas. Los premiados han sido tradicionalmente hombres y tradicionalmente escritores vinculados a la tradición cultural europea, lo que hace que, en realidad, el Nobel de Literatura no sea representativo de la literatura a un nivel global (y el premio a Bob Dylan, que rompe con la idea clásica de la literatura, no se entendió como una vía de diversificar el palmarés).

Pero, a pesar de esas críticas, no había perdido un ápice de su imagen de marca. Era el gran premio de la agenda literaria y cultural.

El año sin Nobel

Hasta 2018. La Academia Sueca y la Fundación Nobel se saltaron ese año el premio Nobel de Literatura. En un contexto de paz y tras más de 70 años de premios ininterrumpidos, se pulsó el botón de pausa. La Academia no elegiría al Nobel de Literatura de 2018 (que después se movió a 2019, razón por la que este jueves se anunciarán dos premios Nobel en esta disciplina) porque sentía que su credibilidad se había visto corrompida.

La historia es bastante conocida, porque ocupó titulares durante semanas. Jean-Claude Arnault, el marido de una de las entonces académicas, Katarina Frostenson, había empleado su posición con relación a la Academia para realizar abuso de poder. Fue acusado por varias mujeres de acoso sexual (y condenado por la justicia sueca), lo que abrió la caja de Pandora de lo que Arnault había hecho. Durante los años previos, o al menos eso demostró la prensa sueca en su momento, había estado filtrando quién iba a ser el ganador del premio antes de que este se anunciase.

La Academia Sueca anunció que se realizaría una investigación interna y que el premio se retrasaría. Además, estaba sumida en una crisis mucho más profunda de lo que podría parecer, ya que a mediados de los años 90 había recibido una carta que acusaba a Arnault de acoso sexual y la archivó sin hacer nada al respecto.

Nadie está demasiado alto como para no caer

La historia explica, por tanto, por qué 2018 fue el año sin Nobel de Literatura y por qué 2019 será el año en el que se entreguen dos galardones. También es una muestra muy clara de que nadie está demasiado alto como para no caer y que una crisis de reputación y de identidad puede afectar a cualquiera marca y a cualquier enseña, por muy sólida que parezca su identidad o por muy asentada que lo pudiese estar. El Nobel de Literatura tenía una imagen fuertemente establecida, que se acabó tambaleando y hundiendo ante un escándalo imperdonable.

La Academia Sueca, a pesar de que podría haber atajado todo si hubiese tomado ya cartas en el asunto cuando tuvo su primera oportunidad, ha aprovechado la ocasión no solo para analizar qué hicieron mal en ese terreno y para reajustar posiciones en ese espacio, sino también para intentar ajustar las otras críticas que estaban emergiendo en relación con su trabajo.

Este año, se espera que los premios sean más diversos de lo que lo han sido en las ediciones anteriores, ya que la Academia ha aprovechado el año de parón para redefinir cómo toman decisiones. Al jurado se le sumarán observadores externos, para hacer más diversa la selección del autor del año. En las quinielas, de hecho, los tres primeros puestos de escritores con más probabilidades de hacerse con el premio están ya tres mujeres.

Esa es - y aún a falta de saber cómo se resuelven las cosas y si los ajustes que la Academia ha hecho son suficientes - una buena lección para las marcas y las empresas. En una crisis de reputación y de credibilidad, no se debe trabajar únicamente aquel punto exacto que lo ha desencadenado todo, sino que hay que hacer un análisis más en profundidad de qué falla y por qué. Al fin y al cabo, tras una crisis demoledora, ninguna marca debería arriesgarse a meterse en otra.

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