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    Uno de los elementos que están marcando los últimos tiempos es la desconfianza. Los consumidores confían cada vez menos en cada vez más y más cosas, un efecto directo del contexto mediático y político de los últimos tiempos. La llamada era de la post-verdad no solo ha servido para poner de moda el término, para hacer que cada vez sean más los que pagan ciertos medios de comunicación online (como han demostrado algunos medios de influencia que han visto como subían las cifras de suscriptores) o para que el análisis político sea cada vez más complicado y complejo. Esta era también ha hecho que los ciudadanos se fíen cada vez menos de las cosas.

    Esto se ha empezado a ver claramente en ciertos sectores de los negocios, como es el caso de la industria bancaria, ante la que los consumidores son cada vez más críticos y de la que suelen decir que ya no se creen nada de nada de lo que dicen y hacen. Y, por supuesto, se ve en la relación de los ciudadanos con los políticos, de quienes cada vez se fían menos y que han empezado a ser los grandes perdedores en las listas de confianza y valoración de los ciudadanos.

    La situación es complicada para las marcas y para las empresas, que tienen que moverse en un clima en el que los ciudadanos/consumidores creen cada vez en menos cosas y en el que, sin embargo, la confianza es la moneda de cambio más importante. Los consumidores quieren hacerse con productos y servicios de marcas y empresas en las que confíen.

    Por ello, estas están trabajando en firme en la confianza y en establecer relaciones de calidad con los consumidores, aunque no es fácil. Uno de los elementos en los que deben trabajar es el intentar resultar transparentes y lo más claras y directas posibles. A eso se suma que hay que trabajar en crear vínculos emocionales con los consumidores, quienes cada vez valoran más y más ese tipo de estímulos y a los que cada vez les dan más importancia.

    Y, en esta búsqueda de la confianza del consumidor, las marcas y las empresas podrían tener un aliado inesperado. Podrían haber encontrado una baza en la publicidad, por muy sorprendente que parezca.

    Los anuncios, más creíbles

    Si algo se asocia a la publicidad no es, justamente, la idea de credibilidad. Los anuncios no son algo creíble, algo en lo que los consumidores confíen a pies juntillas. Lo decían en el anuncio suele implicar cierta desconfianza hasta no ver que realmente es tal y como dicen. Los consumidores han asumido, tras años y décadas de publicidad masiva, que los anuncios son, sencillamente, un embellecimiento de la realidad para hacer que todo nos parezca más atractivo. Eso es todo marketing, dicen incluso quienes no tienen absolutamente claro cómo funciona eso.

    Pero, a pesar de esta desconfianza tradicional del mundo de la publicidad y de lo que suponen los anuncios, estos están viviendo una mejora. Así lo acaba de demostrar un estudio de YouGov (sobre una muestra de internautas estadounidense, aunque ese mercado suele ser la avanzadilla en lo que a publicidad y percepción se refiere) que muestra que, mientras la confianza en todo lo demás se desmorona, la credibilidad de los anuncios no solo se ha mantenido, sino que ha crecido ligeramente.

    El 61% de los encuestados asegura que confía en los anuncios y que cree la información que ve, oye o lee con cariz publicitario. La cifra no solo es bastante positiva sino que además supera a lo conseguido en la misma encuesta hace unos años. En 2014, los anuncios conseguían 11 puntos porcentuales menos y solo eran creídos por el 50% de la población.

    Lo curioso no solo es que los consumidores se fían más de los anuncios sino que además han empezado a cambiar los adjetivos con los que los definen. Si se le pregunta por honestidad, el 72% de los encuestados asegura que siente que los anuncios son honestos.

    Las razones de este cambio

    ¿De dónde vienen estas cifras? ¿Por qué han cambiado las cosas y por qué de pronto la publicidad se ve de esa manera? Al fin y al cabo, los estudios tradicionales sobre confianza no suelen dar muy buenas notas a la publicidad y a las marcas. El estudio no ha dado explicaciones sobre el cambio, pero no es difícil especular. En parte, los consumidores quieren creer en algo y las marcas y empresas se podrían convertir en un elemento al que agarrarse en tiempos complejos.

    Por otra parte, las marcas y las empresas están empleando cada vez publicidad más diferentes y han empezado a entrar en el juego de los anuncios con mensajes, aquellos que toman partido y que defienden principios, lo que podría ayudar a que se posicionen de forma antagónica a todas esas cosas en las que los consumidores de pronto ya no creen.

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