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Es casi una experiencia más de vida: en algún momento se es cliente de una operadora de telecomunicaciones, en otro se cambia a la competencia y en los meses y años que seguirán a todo este movimiento se seguirán recibiendo llamadas y más llamadas de la operadora original que nunca parecerá renunciar a intentar recuperar al usuario como cliente. Y el cliente en cuestión sentirá que casi diga lo que diga y pase lo que pase nunca logrará que la operadora original lo pierda de vista.

De hecho, casi poco importa que uno se mude de comunidad autónoma y que la operadora en cuestión no de servicio en la nueva comunidad de residencia. Por mucho que amablemente primero y con cierto hartazgo después se indique ese hecho a la persona que está al otro lado de la línea, las llamadas continuarán y continuarán intentando convencer de que te vuelvas a la compañía original.

Poco importa tampoco si te fuiste porque la experiencia de cliente había sido tan nefasta que contabas con emoción los meses que faltaban para que acabase la permanencia y que ese hecho lo compartas con todos los operadores que te llaman para venderte algo (incluso con el que se pone borde contigo y un tanto agresivo): la operadora de telecomunicaciones seguirá insistiendo e insistiendo para que te cambies de compañía y vuelvas a su seno.

El problema no es único y exclusivo de las operadoras de telefonía. Uno de los mejores ejemplos para comprender lo pesados y lo insistentes que pueden ser los sistemas y servicios de telemarketing está en una anécdota (real, por supuesto) vivida en la redacción. Una compañía de telemarketing llamaba por una campaña de captación de socios de una ONG, pidiendo contactar con un hombre (¿el titular de la línea en algún momento del pasado?). Cuando se le indicó que esa persona no estaba asociada a la línea, del otro lado simplemente dijeron que tampoco importaba tanto, que quizás al interlocutor le interesaría también esta interesante información.

Sin embargo, las operadoras de telecomunicaciones son quienes han conseguido convertirse en el ejemplo perfecto y en el símbolo de todo este proceso. Posiblemente, porque son quienes son las marcas más pesadas en su insistencia (una cuestión explicable por la alta rotación de consumidores a la que tienen que hacer frente). Quizás también porque dada la naturaleza de su negocio, lo más probable es que en algún momento se haya sido cliente de ellas y tengan todavía nuestros datos de contacto. Solo hay que hacer memoria y darse cuenta de que entre fijo y móvil, antes de que las facturas se convirtieran en convergentes, lo más probable es que todos hayamos sido clientes de por lo menos una media docena de compañías de telecomunicaciones.

Parece imposible desaparecer para ellos

Hacer que nuestros datos personales desaparezcan de los ficheros de las compañías de telecomunicaciones es posible. Solo hay que seguir los pasos establecidos por la normativa de protección de datos, solicitar el acceso a ficheros y pedir que estos se modifiquen. Sin embargo, el proceso parece a primera vista demasiado latoso y algo que requiere casi demasiado esfuerzo (cuando se siente que la operadora - y sobre todo la empresa que tiene subcontratada para hacer su telemarketing - acabará encontrando esa información nuevamente casi con menos esfuerzo del que cuesta hacer que te borren). El consumidor tiene la sensación de que cuando se va de la compañía, esta se tiene que olvidar para siempre de ellos (cuando en realidad no es exactamente así).

Si a eso se suma que los datos y la información personal se están compartiendo casi en todo momento y se está abriendo la mano a recibir este tipo de comunicaciones de forma recurrente, se puede sentir que escapar a las fauces de la máquina de las llamadas comerciales es imposible. Solo hay que fijarse, por ejemplo, en lo que ocurre cuando se hace una cosa tan aparentemente inocua como comprar una pizza online.

Lo más probable es que en todas las casillas que tenemos que aceptar aparezca también una que nos avisa de que nuestro número de teléfono podrá ser compartido también con sus 'partners'. Hemos vuelto a comprar así papeletas para entrar en el juego de las llamadas.

Cómo acabar con ello

La solución puede ser la que siguen muchos consumidores, que no cogen el teléfono a ninguna llamada que no puedan identificar previamente. El sistema no funciona cuando se está esperando una llamada de un teléfono desconocido (¿quién no conoce a algún consumidor ultra enfadado que cogió el teléfono esperando que fuese una llamada vinculada a un trabajo y se encontró al otro lado a un trabajador de telemarketing vendiendo gigas y canales de televisión?) y tampoco es que haga las cosas realmente mucho más fáciles.

Por otro lado, también se puede recurrir a las herramientas que permiten bloquear nuestro número de teléfono de las llamadas de publicidad, como puede ser la Lista Robinson (y que, a pesar de lo que ya tiene dicho algún operador de telemarketing cuando se protesta por recibir sus llamadas, es completamente gratuita).

Y, finalmente, quizás no estuviese de más esperar que las compañías comprendiesen de una vez por todas que estos sistemas de persecución y de hartazgo del consumidor no funcionan. Solo están logrando asentarse todavía más en su mala imagen y generar más cansancio en los consumidores.