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    La cuestión no es exactamente nueva. Al fin y al cabo, no hay más que pensar en lo que ha ocurrido desde siempre con algunas 'versiones' de productos y marcas para verlo. La esencia de la piratería de marca ha sido, en cierto modo, la de crear imágenes y nombres que pareciesen lo suficientemente cercanos a los originales como para crear cierta confusión entre los consumidores (o al menos la ilusión de que podían hacer pasar lo que estaban comprando por lo auténtico). Por tanto, se podría decir que desde hace mucho tiempo se ha intentado por algunos crear la ilusión de ser otros.

    Con la llegada de la red, este tipo de prácticas han saltado a otros terrenos y a otras áreas. Los ciberdelincuentes no solo intentan posicionar productos parecidos a los originales, sino que intentan hacerlo también en un entorno que se parezca lo más posible al original. De hecho, uno de los problemas a los que se han enfrentado muchas marcas a lo largo de los últimos años era el de que sus consumidores compraban productos que pensaban legítimos en páginas que se parecían demasiado a las originales de las marcas o que tenían dominios muy próximos. Y, no hay que olvidar, la esencia del phishing es justamente esa: los internautas son conducidos a páginas que se parecen mucho a las de alguna compañía, como su banco, para dar sus datos personales.

    Este enmascaramiento de la realidad ha llegado también, de una forma un tanto preocupante, a la publicidad y a los medios de comunicación online, que se han convertido también en víctimas del llamado domain spoofing. El domain spoofing es la práctica de presentar una dirección de dominio lo suficientemente confusa como para que el consumidor crea que está ante la real de la compañía (medio en este caso) que están intentando suplantar.

    El problema se ha convertido además en algo muy grave y que ya supone pérdidas millonarias para los medios afectados y para los anunciantes que piensan que están comprando anuncios en donde no lo están haciendo. Así lo acaba de demostrar el diario económico Financial Times, que ha realizado un análisis de cómo le está afectando la práctica en pérdida de anunciantes. El medio ha encontrado ofertas de anuncios de display que se vendían como FT.com (pero no lo eran) en 10 ad exchanges y oferta de vídeo en 15. En total, existen unas 300 cuentas que venden publicidad en teoría dentro del FT pero no son en realidad ellos y por tanto que no están sirviendo su inventario.

    Más de un millón de dólares de pérdidas al mes

    En términos económicos, se están comercializando anuncios por valor de 1,3 millones de dólares cada mes (es lo que ha estimado el diario) que no son más que fraude. Como apunta a Digiday uno de los directivos del legítimo FT, la escala del fraude es de las que dejan con la boca abierta. El diario ha dado un mes para que los marketplace que venden esos supuestos anuncios los retiren (no han dicho cuáles son, pero han reconocido que hay nombres conocidos) y ha enviado a sus clientes notificaciones para recordarles que solo venden anuncios en unos ads exchange concretos.

    El problema no afecta solo al Financial Times, por supuesto, y es uno de los grandes quebraderos de cabeza de la publicidad programática, uno de los que están haciendo que los ciberdelincuentes se estén convirtiendo en cada día más ricos a cuenta de un inventario que se está perdiendo. Como recuerdan en The Wall Street Journal, para los anunciantes es muy difícil determinar en medio de toda la avalancha de impactos cuáles son legítimos y cuáles no lo son. Las marcas sufren además de riesgos asociados a la seguridad de su imagen de marca, porque no están controlando realmente dónde aparece el mensaje y con qué está asociándose.

    Para los medios son además un problema serio, porque por un lado hace que su imagen se vea perjudicada ya que los resultados de esas campañas ilegítimas son malos y los clientes los achacarán a ellos. Por otro no es solo que pierdan el dinero que acaba en manos de los ciberdeliencuentes sino que además sus acciones tiran los precios del mercado.

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