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Los cuentos de hadas nacieron para dar a los niños lecciones de vida de un modo que resultase sencillo y atractivo. Uno se quedaba atrapado por la historia y con ella aprendía lecciones de vida que la sociedad consideraba valiosas, ya fuese el no confiar en los extraños o el aprender a relacionarse con la muerte. Cada cuento tenía su moraleja y cada historia tenía su momento. Los cuentos de hadas han servido también ahora para ayudar a comprender muchas de las cosas que hacen las empresas y las marcas y lo que deberían cambiar.

Y en esa última lista está el que se conoce como el síndrome Ricitos de Oro, una muestra de cómo la búsqueda por lo más adecuado puede meter a las compañías en no pocos problemas. En la historia original, Ricitos de Oro es una niña que se encuentra con una casa en el bosque en la que decide entrar a cotillear. Mientras prueba las cosas para encontrar lo que más le gusta dentro de la casa y lo que se convierte en perfecto para ella, se le va haciendo tarde y acaba quedándose dormida (y finalmente siendo descubierta por los osos que viven en la casa).

A Ricitos de Oro le cuesta encontrar cuál es el plato de sopa que más le gusta de los que tienen los osos, algo que es donde fallan también las empresas.

Porque, como la protagonista del cuento de hadas, las compañías sufren de una suerte de parálisis por oferta. Prueban y prueban antes de quedarse con aquellas cosas que les gustan o que son ese término medio que, como en la sopa que finalmente a Ricitos de Oro le convence, es el que querían.

En el caso de las empresas, el problema de este síndrome está no solo en que supone un lastre a la hora de ser rápido a la hora de conectar con el consumidor sino también en que se acaba creando una suerte de exceso de ruido en la relación con el mismo.

Lastre en estructura, lastre en liderazgo

De hecho, y como muestran en los ejemplos que recopilan en Entrepreneur de empresas que han caído víctimas del síndrome, el problema puede estar en que se esté ofreciendo demasiadas opciones al consumidor para que escoja el producto (haciendo que se sature al usuario), en que se haya hecho tanta selección previa que se haya creado una situación totalmente a la inversa (que se haya escogido mucho y se haya creado un segmento demasiado pequeño) o que se acabe creando una suerte de exceso de ruido diluyendo la marca mientras se intenta encontrar lo que realmente es ese término medio.

El problema puede encontrarse a nivel de estructura de la empresa, pero también en cuestiones de liderazgo. El liderazgo de la compañía puede ser demasiado poco ambicioso porque, mientras se toman decisiones, quien tiene la última palabra está demasiado preocupado por si las cosas son demasiado mucho o demasiado poco y se preocupa en exceso por encontrar el plato de sopa perfecto.

Y, mientras todo esto ocurre, la marca y la empresa no acaban de definirse y la posición que se emplea para intentar llegar al consumidor no acaba de ajustarse. El consumidor recibe un impacto de marca que no resulta del todo sólido y la compañía acaba pagando el pato. Mientras se preocupaba por no ser ni demasiado una cosa ni demasiado otra cosa, acabó perdiendo su oportunidad para conectar con su potencial mercado.