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Uno de los pensamientos a los que echan mano los responsables de comunicación de las empresas para animarse mientras hacen su trabajo de contención de una crisis de marca es que, cuando menos, todo acabará pasando. Su trabajo es crucial y determinante para que, cuando eso ocurra, el efecto que la crisis haya tenido en la marca sea el mínimo, como también lo es el que las cosas se pasen más rápido. Una buena gestión de crisis de comunicación puede, de hecho, hacer que el lastre de la misma sea efímero.

Aun así, cierto es que los ciclos informativos acabarán haciendo que en algún momento se diluya. A menos que a una crisis siga otra y a menos que el tema que protagoniza la crisis sea demasiado grave (y bien sabe Facebook sobre todos estos puntos), otra noticia llegará y tapará lo que está ocurriendo.

Lo mismo sucede, y aquí las marcas y las empresas ya no lo ven del mismo modo y asumen que es algo más bien desgraciado, con las buenas noticias. Puede que un tema con un impacto muy positivo en la marca tenga un eco notable y que se convierta en un buen impacto en medios para la compañía pero, por muy bueno y por muy interesante que el tema en cuestión sea, también acabará cayéndose de la agenda informativa. El ciclo de las noticias hará que otro titular se haga con su espacio en los medios y que otra historia ocupe el terreno que la compañía está ocupando.

Una vez que esto ocurra, tanto si son buenas como si son malas noticias (aunque quizás más lo primero que lo segundo), el contenido se acabará diluyendo como también el recuerdo que los consumidores tienen de ello. Una vez que el tema desaparece de las primeras de los diarios y de los informativos, también se vuelve mucho menos borroso en la mente de los consumidores.

Para comprenderlo, solo hay que intentar recordar sin ayudarse de Google o de algún artículo sobre la cuestión cuáles han sido las grandes noticias que han dominado los últimos doce meses. Posiblemente se recuerden sobre todo temas de las últimas semanas y lo anterior se haya fundido en un confuso mézclum en el que no se acaba de tener muy claro cuándo ocurrió todo.

La vida útil de los grandes temas de los que todo el mundo parece estar hablando y que protagonizan las noticias es altamente efímera, como acaba de demostrar un estudio conjunto de Schema, Axios y Google Trends. Empleando las búsquedas en Google en el mercado estadounidense, han identificado los patrones de interés y consciencia sobre un tema. Es decir, han sido capaces de identificar cuánto dura un ciclo informativo.

7 días de éxito antes de pasar al siguiente gran tema

Los datos no están vinculados a noticias más o menos banales, sino a los grandes temas de su momento, aquellos que todo el mundo parecía estar siguiendo, lo que demuestra todavía más y de forma más clara lo efímero del interés de los consumidores. Sus conclusiones son que, de media, un gran tema noticioso tiene una vida útil de 7 días. Es el tiempo que los ciudadanos lo siguen, los medios lo cubren y su eco suena en todas partes antes de que se pase a otra cosa y se sepulte en la larga lista de cosas que hemos más bien olvidado.

Algunos temas han conseguido cobertura durante más tiempo (por ejemplo, ocurrió con la luna de sangre del año pasado, en julio de 2018, que consiguió una cobertura de 11 días), posiblemente porque no había más noticias relevantes durante ese período. Esto es, la falta de tema de recambio podría tener un impacto en los ciclos.

Todos estos temas tienen además un punto álgido, un momento en el que viven su pico de interés. Ahí es más difícil extraer conclusiones. Algunos temas llegan a su pico antes de lo que lo hacen otros.

Los datos de ese estudio se cruzan, como recuerdan en NiemanLab, con los de otros estudios sobre patrones informativos para comprender cómo se comparte la información y cuál es la vida útil de las historias. Un estudio de investigadores de la Universidad de Cornell añadía, hace unos años, que los ciclos de las malas noticias son más cortos. Es decir, prolongamos más las conversaciones y el interés por las buenas noticias que lo que lo hacemos por las malas, que se diluyen antes.

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