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    Internet ha permitido algo que antes resultaba mucho más difícil. Por primera vez, la información está más disponible que nunca y los ciudadanos pueden acceder a muchos más datos y muchas más fuentes informativas que nunca. La red ha multiplicado de forma absolutamente exponencial las fuentes del saber. Cada vez hay más y más datos y cada vez es más y más sencillo encontrar la información a la que se quiere acceder.

    Pero este boom de la información y esta facilidad en el acceso a la misma tiene una cara B, aportando una cuestión mucho menos positiva que hace que las cosas sean un poco más complicadas de lo que lo eran antes de que se produjese el estallido de la información. A medida que la información es más fácilmente accesible, también va aumentando el volumen de fuentes que el ciudadano recibe cada día. Es decir, cada vez recibimos más y más impactos informativos y cada vez tenemos más y más historias, medios y pantallas que queremos seguir y a las que queremos prestar atención, lo que genera una situación compleja y complicada. Queremos seguir demasiadas cosas y procesar demasiados datos pero, por así decirlo y usando una expresión popular, no nos da la vida para ello.

    Se ha producido lo que en inglés se conoce como information overload y que en castellano se ha traducido como sobrecarga informativa e incluso infoxicación. Estamos recibiendo demasiados mensajes y demasiada información y no somos capaces de seguir el ritmo. La cuestión es muy clara en el universo del trabajo, donde ahora mismo recibimos demasiados mensajes y demasiados estímulos al mismo tiempo. Los emails no paran de llegar y todo el mundo espera que se le conteste en ese instante exacto en el que se está intentando contactar con ellos, por ejemplo.

    En esos casos, lo que suele ocurrir es que, tras cierto tiempo, la atención flaquea. "La reacción moderna cuando esto ocurre es doblar la apuesta", apunta el neurocientífico Daniel Levitin en una entrevista en FastCompany. "Quizás beberse una taza de café más y seguir forzando", añade, señalando, sin embargo, que esto suele ser un aviso del cerebro de que necesita un descanso, una pausa (y que, con 15 minutos de desconexión cada par de horas, ya sería suficiente).

    De hecho, y como se puede comprobar viendo los resultados del Pew Research sobre la materia, los ciudadanos se sienten cada vez más abrumados por el exceso de información, aunque valoran también tener cada vez más acceso a ella.

    El impacto para las marcas

    Pero lo cierto es que, aunque el ejemplo del trabajo es uno de los más claros, no es el único que se puede encontrar y no es el único terreno en el que este exceso de información y de datos tiene un impacto sobre cómo procesamos la información y cómo la percibimos. La infoxicación es también un serio problema para las marcas, ya que la sobrecarga informativa hace que sea mucho más fácil que nunca que sus mensajes sean ignorados o que pasen absolutamente desapercibidos en medio de la avalancha de datos.

    El efecto que tiene la sobrecarga informativa afecta a muchísimos niveles. Por ejemplo, hay quienes ya han alertado de que los consumidores empiezan a sentir fatiga de decisiones, es decir, que se empiezan a sentir cansados de tomar decisiones por culpa de todas las decisiones que tienen que tomar a lo largo del día por culpa de la sobrecarga informativa. Esto hace que cada vez se dejen las decisiones en manos de elementos que simplifican esa cuestión, como por ejemplo apoyarse en información visual o en lo que dicen los algoritmos.

    Las marcas tienen que ser capaces, por tanto, de ser mucho más eficientes que nunca y de establecer sus mensajes de forma mucho más efectiva que nunca, posicionándose de un modo más atractivo y más simple. Para sobrevivir a esa avalancha informativa, las marcas tienen que ser capaces de ofrecer la información exacta en el momento concreto que los consumidores la quieren recibir y del modo más sencillo posible para procesar lo que tienen que recibir.

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