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Se podría decir que casi poco importa lo que se quiera leer y el contenido que se quiera seguir. Si el seguimiento se va a hacer online, la probabilidad de cruzarse durante la lectura o el visionado de la información con algún anuncio molesto e intrusivo es muy elevada. Poco importa desde qué plataforma se esté intentando acceder al contenido (aunque claramente resulta mucho más molesto cuanto más pequeña sea la pantalla). El anuncio molesto estará ahí, esperando al acecho. Será ese anuncio de vídeo que prácticamente dura tanto - o hasta más - que el vídeo que realmente se quiere ver. O ese anuncio que está agazapado entre el texto y solo se despliega cuando se llega a esa parte de la información.

Las opciones de anuncios molestos son muchas y muy habituales, a pesar de que los datos han ido demostrando que su presencia en la red no ha hecho nada bueno por ella. Por un lado, este tipo de anuncios - así como la sobrecarga de publicidad - ha tenido un efecto nefasto en el mercado publicitario online.

Han conseguido que los mensajes publicitarios sean cada vez menos relevantes, ya que los consumidores han desarrollado una cierta capacidad para no ver la información que le están ofreciendo, al tiempo que han saturado el mercado, creando un exceso de oferta y tirando los precios. A los medios que se soportan de publicidad - especialmente cuando lo que importa es el clic - les resulta cada vez más difícil sobrevivir con ella, ya que lograr ingresos es cada vez más complicado.

Por otra parte, los propios internautas han empezado a desarrollar una especie de hastío mayor contra la publicidad online. Se está mucho más harto de los anuncios y se es mucho más activo a la hora de frenarlos, como demuestra el crecimiento en el uso de sistemas de bloqueo de publicidad y también los datos de encuestas sobre cómo perciben los usuarios la publicidad online.

Y si estos datos muestran algo es un aviso a la industria de que las cosas no están funcionando y que se tiene que trabajar para cambiar el estado de las mismas. Sobre todo, porque todavía no se ha hecho un mal irreparable y se puede aún cambiar el curso de las cosas. Como apuntan en una columna en The Next Web, los consumidores aceptan aún la publicidad online. Un 83% de los consumidores cree que no todos los anuncios son malos y un 77% reconoce que preferiría filtrarlos a bloquearlos. Por tanto, no se trata tanto de que los consumidores odien a muerte los anuncios online, como que odian - de forma muy activa - los malos anuncios online.

Ahí es donde se está a punto de llegar a un punto de no retorno. Los consumidores están hartos de ellos y las marcas y las empresas están empezando a ser más conscientes que nunca de esta realidad.

Por tanto, no es muy difícil imaginar un futuro en el que cambien las cosas y, como se preguntan en la columna, quizás sea lo que marque que 2019 sea el año en el que las cosas cambien y se empiece el camino para terminar para siempre con la mala publicidad. No es solo además una especie de conclusión derivada del hartazgo, sino también una cuestión muy marcada por otros puntos, que son los que apuntan en el análisis.

Las marcas se han dado cuenta de que no les compensa

La publicidad online muy mala terminará cuando las marcas se den cuenta de que los resultados que esos anuncios aportan no merecen la pena.

Y eso está empezando a pasar. Las compañías están viendo que logran mejores resultados con chatbots, notificaciones o anuncios menos 'spammers' y mejor segmentados de lo que lo logran con la publicidad intrusiva.

La innovación publicitaria y la entrada del blockchain cambiará las cosas

El trabajo en el mercado publicitario está permitiendo innovar y crear nuevos formatos publicitarios. La incorporación al mercado publicitario de otros elementos, como puede ser la emergente tecnología de blockchain, también permitirá cambiar las cosas. El blockchain permitirá seguir mucho mejor la cadena publicitaria, reducir los problemas con datos y tener mucho más control de la publicidad, haciendo que los anuncios que son irrelevantes sean más fáciles de evitar.