Por Redacción - 24 Febrero 2026

El tránsito del UGC al EGC marca un punto de inflexión en la estrategia de comunicación corporativa. Si durante años el User Generated Content redefinió la relación entre marcas y audiencias al otorgar protagonismo a los consumidores, ahora es el Employee Generated Content el que irrumpe con fuerza como palanca de reputación y posicionamiento.

Las compañías han dedicado décadas a perfeccionar relatos corporativos milimétricamente alineados con su identidad de marca. Sin embargo, la hiperexposición publicitaria y la sofisticación del público han reducido la eficacia de los mensajes unidireccionales. En este nuevo escenario, el contenido generado por empleados —aquel que comparte su experiencia profesional, su conocimiento experto o su visión sobre la cultura interna— se consolida como una evolución natural del UGC y como un instrumento estratégico para fortalecer la marca empleadora y la confianza de los grupos de interés.

El fenómeno no se limita a plataformas de consumo masivo como TikTok o Instagram. También se manifiesta con claridad en entornos profesionales como LinkedIn, donde cada vez más empleados actúan como portavoces cualificados de su sector y de su propia organización. La diferencia sustancial respecto a la comunicación tradicional radica en el emisor: el mensaje no procede del departamento de marketing, sino de quienes viven la compañía en primera persona. Ese matiz altera de forma decisiva la percepción de autenticidad y el nivel de confianza que despierta.

“Estamos ante una transformación profunda en la manera en que se construye reputación. Las organizaciones que continúen comunicando exclusivamente desde la marca institucional estarán en desventaja frente a aquellas que activen el talento interno como voz legítima y preparada”, afirma Ana Laura Estevez, responsable del área de Influencers y subdirectora de Bemypartner. A su juicio, un enfoque estructurado del EGC tiene impacto directo en la atracción de talento, en el posicionamiento sectorial y en la consolidación de relaciones sólidas con stakeholders.

Desde el punto de vista reputacional, el EGC introduce un grado de transparencia difícilmente replicable mediante campañas convencionales. Mostrar la empresa desde dentro humaniza la marca y proyecta coherencia entre discurso y práctica. Clientes, socios e inversores encuentran en estas voces internas una narrativa menos filtrada y, por tanto, más creíble. La confianza, en este contexto, deja de ser una construcción abstracta para convertirse en una experiencia tangible articulada a través de testimonios reales.

Pero el impacto del EGC no se limita al exterior. La implicación activa de empleados en la construcción del relato corporativo fortalece la cultura organizativa y el sentido de pertenencia. Cuando las compañías habilitan espacios para que sus profesionales compartan conocimiento y experiencias, no solo amplifican su alcance comunicativo, sino que refuerzan la cohesión interna. La narrativa deja de ser patrimonio exclusivo de la dirección y se convierte en un activo compartido que contribuye tanto a la captación de talento como a la mejora de la comunicación interna.

Las organizaciones más avanzadas ya están integrando el EGC mediante programas estructurados de employee advocacy, políticas claras de uso de redes sociales y formación en comunicación digital. Aun así, su potencial continúa infravalorado en numerosos entornos corporativos. La resistencia suele estar vinculada a una cultura de control excesivo del mensaje, a la dificultad para medir el impacto reputacional a corto plazo y a la percepción errónea de que se trata de un contenido informal carente de estrategia.

Sin embargo, el Employee Generated Content no responde a una moda asociada al dinamismo de las redes sociales, sino a una transformación estructural en la arquitectura de la confianza. En un mercado cada vez más transparente y exigente, las personas que integran la organización se convierten en el principal vector de credibilidad. Integrar el EGC en la estrategia corporativa implica asumir que la reputación es un activo colectivo y que las voces internas, bien orientadas y formadas, pueden constituir el diferencial competitivo más sólido en la economía de la atención.

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