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Para los medios de comunicación, la crisis del coronavirus ha sido una especie de suspensión del tiempo. De pronto, los datos de consumo de noticias se han disparado y su papel como proveedores de información y de entretenimiento los ha convertido en elementos esenciales. La televisión, por ejemplo, que estaba en crisis previamente por la espantada de espectadores, ha registrado estos días sus máximos históricos de visionado. Nunca pasamos tanto tiempo como estas semanas delante de la tele.

Pero esto no supone que los problemas que los atenazaban hayan desaparecido o que no hayan aparecido nuevos. Los medios están teniendo picos de audiencia, pero no están registrando al mismo tiempo máximos en inversión publicitaria. Esta se ha congelado o reducido. Por tanto, algunos de los problemas cruciales previos a la crisis, como la necesidad de convencer a los usuarios de que se conviertan en usuarios de pago (como ocurre con los medios digitales), se han convertido en más acuciantes.

No es el único problema al que se enfrentan los medios. La pandemia del coronavirus ha traído bulos, desinformación y fake news, como ha ocurrido con todos los grandes temas que han dominado la agenda informativa de los últimos años. En este caso, sin embargo, los ciudadanos son más sensibles a la información y perdonan menos la transmisión de falsos datos. Los medios necesitan afianzarse como una fuente de confianza sobre las noticias, para así consagrar o recuperar su imagen pública.

Porque, entre los problemas que arrastran de antes de la crisis por la enfermedad, ya estaba la de la pérdida de la confianza de los usuarios. Los problemas de reputación de los medios se han ido sucediendo a lo largo de los últimos años, a lo que su dependencia de la publicidad ha contribuido. Por ejemplo, los usuarios ven de forma muy crítica que los medios de referencia de papel vendan su primera página al mejor postor.

No todo esta perdido en la confianza entre lectores/espectadores y medios, como acaba de demostrar un estudio australiano. Los investigadores, de la Queensland University of Technology y de la University of Canberra, han preguntado a los ciudadanos qué es lo que les ayudaría a recuperar la confianza en los medios tradicionales y en las noticias.

Sus conclusiones apuntan, además, que los consumidores confían, por ahora, aún más en las noticias que en las empresas o en el gobierno, pero menos que en sus amigos o en las instituciones educativas. Quienes han perdido ya la confianza totalmente en las noticias son un público difícil de recuperar, añaden, pero aquellos que todavía no están en ese estadio pueden mejorar su conexión con los medios.

Los puntos a tocar

¿Cómo hacerlo? Los consumidores creen que hay que hacer más contenidos en profundidad, que los medios deben ser abiertos y transparentes a la hora de abordar sus sesgos y los de sus periodistas y que los periodistas deben declarar cuándo hay un conflicto de intereses.

Además, también deberían cambiar las noticias. Los usuarios quieren más información sobre lo que ocurre fuera de las grandes ciudades (algo que solo hay que darse una vuelta por las redes sociales para verlo también en España como reclamación recurrente) y más materiales que vengan de fuentes expertas, como expertos académicos. También quieren poder dar más feedback.

Quienes ya confían de entrada más en los medios quieren que estos sean más activos en las redes sociales, que contraten a más periodistas o que den más cancha a políticos y líderes de opinión en sus espacios de opinión.

Pero estos últimos puntos solo funcionan para quienes ya son proclives a creerse a los medios. En el caso de los usuarios más desconfiados, no aporta mucho.

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