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Hace un par de días, una cadena local de panaderías publicó una foto en Instagram. Habían abierto un servicio de reparto a domicilio de compras cerradas a través de internet durante lo que quedaba de confinamiento de la pandemia de coronavirus. Por un coste no muy alto (4 euros), prometían traer a casa de sus clientes los productos que venden. Bicas, tartas, croissants, pan de molde y productos similares podían formar parte de esos envíos a domicilio.

La apertura del servicio sirvió para una nueva conversación en mis grupos de Whatsapp, una de las muchas que hemos mantenido en mi círculo sobre este tema. Estaba claro que la compañía - una pyme - había abierto el servicio porque los tiempos son complicados y necesitaban cerrar más ventas. Teniendo en cuenta que se trataba de una pequeña empresa, nadie en la conversación negaba que ayudarlos con el consumo era importante.

Al mismo tiempo, sin embargo, nos preguntábamos cuánto había de ético en el papel de los consumidores. ¿Podíamos pedir tartas y pasteles de chocolate a domicilio aún cuando no son realmente un producto de primera necesidad? ¿No era acaso exponer al personal de reparto más a la enfermedad por algo que es no tan importante?

Nunca, y este tipo de conversaciones se han repetido muchas veces en mi entorno, llegamos a una conclusión clara. Para muchas pymes, el ecommerce se ha convertido en una especie de parche al que echar mano mientras dure la cuarentena para seguir generando ventas, algo que hace que como parte de la ciudadanía sintamos que comprarles sea razonable y una manera de apoyarles.

Por otro lado, sin embargo, sabemos que cada vez que nos traen a casa algo estamos exponiendo a una cadena de trabajadores al aumento de la posibilidad de contagio (para traernos a casa lo que sea, ellos tienen que salir de las suyas), lo que hace que la decisión de compra parezca brutalmente irresponsable y poco solidaria.

Comprar online la compra del supermercado parece - y no lo debatimos mucho - lo mejor, ya que con ello se reduce la exposición del personal de estas empresas a gente que entra y sale de sus establecimientos. Y, al fin y al cabo, leche, papel higiénico o pescado son bienes de primera necesidad que no podemos evitar comprar. Pero ¿qué ocurre con el ecommerce en general? "Es una contradicción moral", me decía una amiga, tras pasarnos unos minutos en una conversación sobre si estaría bien o no comprar ciertos productos online.

Mi amiga no es analista de mercados, pero lo cierto es que el debate sobre qué se puede y qué no comprar en la red y cuán ético es exponer a los repartidores se ha convertido en uno de los temas candentes del momento y en uno de los que marcan nuestra relación con el ecommerce en estos tiempos de confinamiento.

Los repartidores lo tienen claro: no les hagas llevarte caprichos

Algunos artículos de los medios generalistas españoles ya han recogido declaraciones de repartidores de compañías logísticas quejándose por tener que repartir compras de ropa o de plataformas de reparto a domicilio de restaurantes han criticado qué deben hacer. Sus posiciones son claras. Si lo que vas a comprar es un capricho, mejor no lo hagas. Los riders se quejan de que están ampliando su riesgo para llevar hamburguesas y cervezas, no servicios esenciales.

Los datos de consumo dicen ya que los ciudadanos están pidiendo menos comida online, ya que tienen miedo a que sea un vector de contagio que les lleve el coronavirus a casa. Quien haya sido cliente en algún momento de alguna de esas plataformas lo habrá podido suponer. En las últimas semanas las campañas de email marketing recordando que siguen operando y que están siguiendo preceptos de seguridad se han repetido.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria ha dejado claro que no hay pruebas de que los alimentos sean una posible fuente de contagio. La cuestión es, nuevamente, y como recordaban en un artículo en El País, la ética del proceso.

El debate sobre la ética del pedir a domicilio elementos no esenciales va acompañando el avance de la pandemia. Los riders italianos también se quejaron en su momento de la situación. En Estados Unidos, la revista Time le preguntó a un profesor de ética médica de la Universidad de Nueva York. Arthur Caplan cree que aún se puede pedir "solo haz que la persona que entrega deje la comida en la puerta y se vaya". No uses dinero, no tengas contacto físico, señala. Jim Thomas, profesor de epidemiología en la University of North Carolina, se posiciona en la idea contraria. Si algo no es esencial, no lo pidas.

Gigantes contra pymes

Y, además, los debates sobre la ética de consumir online en estos tiempos tiene otra vertiente más, la de enfrentar las posiciones entre los gigantes del comercio electrónico y las compañías de pequeño tamaño que están intentando hacerse con su hueco en el mercado. Los recursos de los gigantes son mucho más amplios, tienen una red logística más fuerte y cuentan con un stock más amplio que les lleva a ser capaces de sostener la demanda durante más tiempo. Las pymes parten de una situación mucho más delicada, que no les permite posicionarse del mismo modo.

El ejemplo de la venta de libros es perfecto para comprender este punto. Los libros no son un bien de primera necesidad. Pueden darte mucho apoyo moral durante estos tiempos, pero no son como el pan o los pañales infantiles (y las bibliotecas públicas han abierto su servicio de préstamos de ebooks a todo el mundo).

Las librerías online pueden seguir operando, porque el ecommerce no se ve afectado por las medidas del último Real Decreto. Las distribuidoras de libros no. Por tanto, las librerías online de pequeño tamaño no podrán reponer su stock, algo que impactará menos a los gigantes de la distribución que tienen ya fondos más amplios en sus almacenes, como ocurre con Amazon.

Por tanto, la situación es en general desigual. Aunque para las pymes el comercio electrónico pueda ser una especie de parche para seguir generando ingresos, la crisis causada por esta situación ha abierto todavía más la brecha entre gigantes del ecommerce y pequeños players de esta industria.

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