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Muchos eventos programados para estas semanas se han ido a octubre y noviembre, pero ¿lograrán captar a sus audiencias?

Uno de los movimientos que las empresas han empezado a realizar para salvar de la quema completa los eventos, conferencias y festivales que estaban previstos para estos días de confinamiento anti coronavirus y que han tenido que ser suspendidos ha sido el de desplazarlos a fechas más tardías en el calendario.

En lugar de celebrarse en marzo, abril o mayo como estaba previsto, e incluso junio, se han ido a septiembre, octubre o noviembre, con la estimación de que para entonces ya habrá pasado la crisis y ya se podrán celebrar eventos que impliquen multitudes. Por ejemplo, la Feria del Libro de Madrid se ha mudado a principios de octubre, aunque la feria es uno más de muchos otros ejemplos.

En el universo de los eventos y conferencias de marketing, muchos son los que han migrado también de posición en el calendario. Mandar a fechas más tardías la realización de eventos y de actividades parecía, hace unas semanas, una manera de lograr una garantía para llegar a celebrar el evento y para conseguir mantener el interés de los que iban a ser sus asistentes. Pero ¿lograrán realmente con ello captar a esos asistentes? ¿O están abriendo una puerta a nuevos problemas?

Los problemas del otoño

De entrada, las fechas no son exactamente iguales en términos de conexión. Lo que podía ser un buen momento en el calendario general de la industria en marzo o en abril no necesariamente lo va a ser en octubre o en noviembre. En este punto, eso sí, poco se puede hacer. La realidad es la que es y la situación la que el contexto ha marcado. El coronavirus no ha tenido en cuenta las agendas de nadie.

Para continuar, la situación se vuelve compleja por una hipotética realidad de cara a la temporada de otoño. Cada vez son más quienes señalan que, como ocurrió con la gripe de 1918, la covid-19 podría volver con fuerza en el otoño. Octubre o noviembre podrían coincidir con una recaída en la enfermedad y con una nueva oleada de contagios. Esto podría volver a mandar a los ciudadanos de vuelta a sus casas e imponer una nueva oleada de confinamientos.

Las actividades con asistencias masivas volverían a ser suspendidas y las conferencias, congresos y eventos volverían a encontrarse en la misma situación en la que han estado ahora. Sus planes volverían a verse frustrados por la lucha contra la enfermedad y por la suspensión de actividad.

Además, los especialistas siguen insistiendo en que hasta contar con una vacuna contra la enfermedad no se debería cantar victoria. Los especialistas chinos acaban de pronosticar que es posible que la enfermedad se quede como una de las enfermedades que tienen brotes cada año, solo bloqueada por tanto por las vacunas.

La desconfianza de los asistentes

Pero incluso aunque mayo traiga el final del confinamiento y logremos frenar el coronavirus, no volviendo la enfermedad con la misma intensidad en el otoño, los organizadores de eventos se enfrentan a una situación compleja por otra razón, la de la desconfianza.

La ley dice que las empresas deben devolver a sus clientes los precios de los servicios no recibidos, pero los casos han ido demostrando que eso está siendo más complicado de lo que parece. Facua acaba de denunciar a un festival, el Warm Up, por no devolver el precio de las entradas a sus clientes y en redes sociales las quejas contra las aerolíneas se suceden. Ryanair ha complicado tanto el reembolso de billetes que ha logrado desesperar a sus clientes.

Todo ello ha creado un clima general de desconfianza entre los consumidores, que son cada vez más reticentes a comprar algo que no implique un consumo inmediato y a reservar servicios que emplearán en un futuro sobre el que poco saben. Esto será un serio problema para la industria del turismo, que ha visto cómo caían sus consumos más inmediatos por una cuestión lógica (nadie puede irse ahora de vacaciones) pero que necesita asentar las reservas a futuro para lograr cierta solvencia, pero también lo será para la industria de los eventos y los congresos.

Si se tiene en cuenta además que los precios de reserva de entradas a este tipo de eventos, aunque más baratos que las compras de última hora, suelen ser muy elevados, se puede comprender además por qué las reticencias son mayores.

Como señalan en las conclusiones en la edición especial COVID-19 de El Observatorio Cetelem Estacional, los españoles están paralizando especialmente sus gastos más elevados. Un 60% de los encuestados reconoce que ha parado de forma indefinida toda compra que sea superior a los 300 euros. Los congresos y eventos tendrán que luchar contra la inercia a no comprar nada muy caro y al temor a lo que pasará si una nueva oleada de la enfermedad obliga a suspender las cosas nuevamente.