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Si se ha pasado por una de las plazas o calles principales de una ciudad más o menos turísticas en pleno mes de agosto, se habrá vivido la situación. Como en una especie de gymkana, el transeúnte tiene que ir salvando varias pruebas.

Las pruebas son los repartidores de publicidad que están estratégicamente situados para que resulte imposible no pasar por delante de ellos. En unos pocos segundos, se acaba teniendo una colección de menús del día, de ofertas de excursiones o de otras ofertas que quieren ser llamativas y atraer a la audiencia. Si se tiene que volver a pasar de vuelta por el mismo espacio, la experiencia vuelve a repetirse aunque a la inversa. Pasar por ese trozo de calle implicará volver con una colección de publicidad en la mano.

El reparto de publicidad en la calle no es único de las localidades turísticas y de los momentos de mayor afluencia de visitantes. Cierto, puede que en el resto se elimine de la ecuación al camarero que intenta convencer al potencial consumidor de que su menú es el mejor y que debería ir a su restaurante, pero el reparto de folletos publicitarios por la calle es una constante.

El formato tiene ya muchísimo tiempo de vida y las marcas y las empresas se resisten a abandonarlo. Solo necesitan un momento en el que haya mucha gente o un espacio que garantice tránsito, como puede ser la salida de una estación de metro, para posicionar un punto de reparto.

Resulta molesto

Y para los consumidores esto es casi como sufrir el buzoneo con esteroides. La publicidad que las marcas y las empresas dejan en los buzones puede resultar muy molesta, especialmente cuando se llega tras un par de días y todo lo que se encuentra en el buzón es una avalancha de folletos, pero la que reparten en las calles tiene el añadido de que casi no se puede escapar de ella.

Como ocurre con la publicidad de buzoneo, además, los mensajes y la información que se está repartiendo en la calle suele ser irrelevante. ¿Quién no ha recibido folletos que no encajan con ellos mismos como consumidores - y de un modo muy obvio - en alguna ocasión en la calle? Los anuncios se convierten en algo que el consumidor tiene en las manos y no sabe qué hacer con él… hasta que encuentra la próxima papelera o simplemente el suelo.

El formato parece, por tanto, bastante agotado, a pesar de que las empresas sigan echando mano de ello de forma recurrente. Es molesta para los consumidores y es molesta también para las propias industrias contra las que compiten los anunciantes.

El caso de Madrid

Y lo que acaba de ocurrir en Madrid podría convertirse en un ejemplo de hacia dónde podrían ir las cosas. El ayuntamiento de la capital acaba de aprobar la modificación de la ordenanza municipal que rige el reparto publicitario para prohibir que se entreguen folletos a los consumidores mientras caminan por la calle.

La medida llega tras las denuncias, numerosas según publica El País, de asociaciones de hosteleros de la ciudad. A partir de la aplicación de la normativa - que entrará en vigor cuando se publique en el boletín de la comunidad - estará prohibido "abordar a los viandantes que transitan en la vía pública ofreciendo información de un servicio, con una finalidad publicitaria". De este modo, se quieren ahorrar molestias a los transeúntes.

Los locales podrán seguir repartiendo folletos, pero tendrán que hacerlo en su propio establecimiento. El cambio de normativa no solo afectará a los restaurantes y a los negocios de hostelería, sino a todas las industrias en general.

Madrid es uno de los casos más llamativos, por lo total de su decisión, pero no es la única ciudad que ha limitado este tipo de publicidad. Segovia, por ejemplo, aprobó hace años limitar el reparto de folletos publicitarios en las inmediaciones del acueducto. En otras ciudades, el reparto implica antes pedir un permiso municipal.