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¿Nos espían las empresas? ¿Saben demasiado de nosotros y tienen acceso a un caudal de información demasiado preciso sobre quiénes somos, qué hacemos y hasta qué queremos? Esas son algunas de las preguntas que los consumidores se hacen de forma recurrente, que acaban protagonizando análisis y noticias en los medios y que, en un entorno en el que la privacidad se ha convertido en uno de los temas dominantes en las preocupaciones de los consumidores, se han asentado como elemento principal. Nadie quiere que ninguna compañía sepa demasiado de nosotros.

No hay más que pensar en el tira y afloja entre las empresas y los consumidores sobre la teoría del "mi smartphone me escucha". Las compañías lo han negado de muchísimas maneras, dejando claro además que para ellos sería técnicamente abrumador hacer un seguimiento de todas las conversaciones que los consumidores mantienen.

Sin embargo, no solo la paranoia no ha caído sino que incluso han aparecido elementos que hacen que el miedo a las escuchas sea mayor. Al fin y al cabo, es lo que hacen todo el tiempo los altavoces inteligentes. Algunos experimentos - como el periodista de Vice que empezó a recibir ciertos anuncios tras decir ciertas cosas cerca de su móvil - y el acceso de los consumidores a herramientas de privacidad - como la de Google que te permite escuchar los fragmentos que tu móvil ha grabado de tus interacciones - han aumentado el resquemor contra las marcas.

Pero te escuche o no tu móvil hay muchas maneras de acceder a la información y de perfilar los datos. No hay más que pensar, por ejemplo, en cómo el modo privado de los navegadores no blinda la privacidad del consumidor para verlo de primera mano. Y, por supuesto, hay muchos más datos mucho más sensibles que el consumidor no es plenamente consciente de lo que suponen en términos de privacidad.

Eso es lo que acaba de demostrar un largo análisis de The New York Times, que ha podido analizar una muestra de los datos de geolocalización que generan las apps móviles y los dispositivos móviles y que ha concluido que permiten conocer de forma muy específica a los consumidores. Con solo esa muestra, ellos lograron descubrir la historia de un ingeniero que fue a hacer una entrevista de trabajo a la competencia, posiblemente casos de infidelidad y qué hacían y por dónde caminaban personas de alto grado en la administración estadounidense. Todos los datos se habían obtenido de forma legal.

La investigación del Times: unir los puntos no es tan complicado

Una de las cuestiones que repiten de forma recurrente las operadoras de telecomunicaciones y las compañías de internet es que los datos que se generan con la navegación y con la conexión móvil son completamente anónimos.

La información se anonimiza y, con ello, deja de ser información sobre un consumidor concreto para convertirse en datos genéricos sobre cómo se comportan los consumidores de un modo general. Ayudan a perfilar un mercado y no a un consumidor específico, ayudando a comprender cómo se comportan y qué pasos siguen en sus procesos de consumo. La publicidad funciona porque aprende de lo que hace la sociedad, pero no tanto de lo que tú haces de forma específica.

Pero ¿hasta que punto todo ello es real? La investigación del Times apunta que la información es, de hecho, peligrosa. Las personas sí se convierten en puntos anónimos, puntos que se pueden seguir de forma clara en el mapa. Sin embargo, no es difícil cruzar esa información con otros datos y lograr así desentrañar quién es en realidad ese punto sin nombre que se mueve sobre el mapa.

La investigación de The New York Times arrancó, como muchos otros de los grandes titulares y reportajes de investigación sobre los peligros de la red, con una filtración. Una persona que permanece en el anonimato filtró al diario un grupo de datos de geolocalización.

Es el tipo de información que recogen las empresas que operan en la red móvil y es el tipo de datos que luego se venden a terceros para hacer análisis y servir productos y anuncios. Son el tipo de información que los consumidores entregamos casi sin pensar y pensando que es inocua. Es también posiblemente el tipo de dato que no somos plenamente conscientes de estar usando.

El Times habló con una de las personas que habían logrado identificar en toda esa masa de datos, una cantante estadounidense, y esta no solo no sabía qué app podría haber generado esos datos sino que además era una persona activa a la hora de proteger su privacidad. Era una de esas consumidoras que limita los accesos y los datos disponibles para las apps.

Todos los datos que las empresas estaban empleando - los que llegaron al Times vía filtración - eran, sin embargo, legales. Las compañías no habían incumplido ninguna ley para hacerse con ellos.

El potencial negativo de los datos

Por supuesto, toda esta recopilación de información se emplea para la publicidad y para generar datos de interés para las empresas. Son los que luego marcarán los anuncios que se ven en la red o los movimientos que las compañías realizan.

Pero, como señalan en el Times, todos esos datos podrían ser mucho más peligrosos. No solo podrían convertirse en una forma de control de la sociedad, sino que además podrían ser muy peligrosos si cayesen en manos de los cibercriminales.

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