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Lo que se puede aprender del delirante museo que recoge los fracasos de marcas y empresas
El Museum of Failure acaba de abrir sus puertas en Suecia, repleto de productos lanzados en algún momento pero no llegaron a conectar con el público
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    En el mundo de los museos hay unas cuantas aportaciones que van un poco más allá de lo curioso. Son casi antimuseos. En Zagreb, la capital de Croacia, hay un museo sobre las relaciones rotas, en las que quienes han visto cómo acababa una relación amorosa pueden enviar los restos de la misma. En sus paredes se exhiben por tanto aquellas cosas que un día significaron algo para alguien y que ahora solo son recuerdos de un amor que no fue. En Boston hay un Museum of Bad Art, el museo de los cuadros y otras obras artísticas que son tan malas que tienen que ser vistas. El museo recopila esas obras que cruzan la frontera de lo peor en términos de arte, lo que ningún crítico recomendaría comprar, en definitiva. Y ahora en Suecia hay el antimuseo del mundo de los negocios: es el que recoge los fracasos de las marcas y de las empresas.

    El Museum of Failure está en Helsingborg, una localidad sueca cercana a Malmö. Un psicológo experto en psicología organizacional, Samuel West, es su creador. Se inspiró en el museo de las Relaciones Rotas de Zagreb, aunque su área de trabajo es otra. "Cada vez estoy más y más cansado de las historias de éxito con las que nos alimentan a la fuerza y que se supone que deben inspirarnos", señala a The Drum. "Vale, pueden ser inspiradoras, pero no nos cuentan mucho de lo que podamos aprender", añade.

    En el museo no hay por tanto grandes historias de éxito, sino más bien grandes historias de fracaso. Un perfume de Harley Davidson que nadie quiso comprar, una caja de DVD del difunto Blockbuster, los muy criticados bolígrafos Bic for Her o los productos de Kodak son algunos de los productos que se pueden encontrar en la colección, junto con otros mucho menos conocidos como el N-Gage de Nokia, un smartphone que también era consola de juego y que la firma vendió entre 2003 y 2005, o como el TwitterPeck, un dispositivo que costaba 200 dólares y que solo permitía acceder a Twitter (y aunque apareció en la época dorada de Twitter, no logró conectar con el mercado).

    También están en la colección el asistente de Apple Newton, que duró más que la consola de Nokia en años en ventas pero que era tan caro (y malo) que no logró conectar con el mercado; o el juego de mesa de Donald Trump, que a pesar de que no lograr vender lo que esperaban sus creadores vivió entre 1989 y 2004 (con el eslogan de "he vuelto y estás despedido"). En la web del museo señalan que están abiertos a ideas para hacer otras cosas más experimentales con los fracasos de productos, como por ejemplo catas de cervezas artesanas que nunca fueron a nada o comidas con platos de "fallidas degustaciones gourmet en un restaurante pijo".

    Las lecciones del museo

    El museo es una curiosidad, cierto, pero también puede servir para comprender mejor el mercado y para aprender unas ciertas lecciones en términos de marketing y estrategia. "Los marketeros pueden aprender un montón del museo", asegura su creador. Así, por ejemplo, están los casos de marcas que salen de su zona de confort sin calcular las consecuencias, como Colgate lanzando comida congelada o un fabricante de armas sueco que pensó que era una buena idea entrar en el negocio de la pasta de dientes. También hay lecciones "sutiles", como pensar que ser el primero es siempre lo mejor.

    Y, sobre todo, viendo todo esto se puede comprender que, se haga lo que se haga y lo vendan como lo venda, el fracaso es un elemento más en el camino hacia lo nuevo. Como apunta el responsable del museo, "la innovación requiere fracaso". Para encontrar nuevas vías y para lanzar nuevos productos, resulta inevitable cometer errores en algún momento.

    Las cifras le dan la razón. Aunque siempre se acaban contando los casos de éxito y las historias de grandes descubrimientos que cambian las cosas, lo cierto es que la mayoría de los intentos por innovar acaban en fracaso. Entre el 80 y el 90% de los productos innovadores acaban fracasando.

    Ver el fracaso de los demás, especialmente cuando tiene detrás a grandes marcas asociadas tradicionalmente al éxito (entre las piezas del museo hay productos de Google o de Coca-Cola, puede ayudar no solo a comprender mejor la realidad sino también a sentir menos miedo al fracaso. Todo el mundo se equivoca y por ello no se debe sentir miedo a probar lo nuevo.

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