Por Redacción - 15 Julio 2026
La adolescencia siempre se ha caracterizado por ser una época de pruebas, cambios y búsqueda de uno mismo. Lo que diferencia a las generaciones actuales de las anteriores es que hoy en día ese camino de aprendizaje se recorre también a través de las pantallas. Los adolescentes de ahora no tienen una sola presencia en internet, sino que cambian su forma de mostrarse dependiendo de la aplicación, el juego o el grupo de personas con el que estén hablando en cada momento.
Para entender esta conducta no hace falta buscar explicaciones extrañas, ya que responde a un proceso evolutivo lógico apoyado por las propias herramientas de las redes sociales. Las plataformas digitales actuales están pensadas para buscar constantemente la aprobación de los demás y compararse con el resto, lo que genera una presión muy alta en la autoestima de los menores. Los datos actuales reflejan que los jóvenes españoles pasan de media más de una hora y cuarto al día conectados a las redes, llegando a superar los ochenta minutos en el caso de Instagram, que es el lugar donde más se nota esta tendencia a dividir las cuentas. Esta división de la personalidad digital no es algo malo de por sí, sino que se parece mucho a lo que hacemos los adultos en nuestra vida cotidiana. Todos nos comportamos de manera diferente si estamos cenando con nuestros padres, asistiendo a una clase de la universidad o hablando en confianza con nuestros mejores amigos. Las redes sociales simplemente han facilitado que estas diferencias se puedan organizar en perfiles totalmente separados, permitiendo a los jóvenes proteger su intimidad de las miradas ajenas.
En este escenario es donde aparecen términos muy habituales entre los adolescentes como los finstas, que son cuentas secundarias de Instagram de carácter muy privado. Mientras que en sus perfiles principales se esfuerzan por mostrar una imagen perfecta, bonita y muy cuidada para gustar a todo el mundo, en estas cuentas secundarias se relajan por completo. Allí solo admiten a un puñado de amigos muy cercanos para compartir fotos movidas, chistes internos, quejas cotidianas y momentos reales de su día a día sin miedo a ser juzgados o criticados. Además de estas cuentas, los mundos virtuales y los videojuegos permiten crear avatares que sirven de máscara para interactuar. Al usar un personaje digital que no se parece a ellos físicamente, muchos jóvenes se quitan de encima el complejo del aspecto físico o la vergüenza de hablar en público. Estos espacios de juego se convierten a veces en lugares estupendos para ganar soltura, descubrir aficiones compartidas y hacer amigos con gustos similares sin sufrir el agobio de la exposición social directa.
La situación empieza a ser preocupante cuando la vida digital se vuelve tan atractiva que la realidad del día a día pasa a un segundo plano. Si un menor solo se siente cómodo, valorado y seguro cuando está detrás de su personaje digital o de su cuenta secreta, puede aparecer una desconexión emocional importante. A la larga, vivir fingiendo o depender de una imagen idílica en internet provoca que los adolescentes sientan que su verdadero yo no es lo bastante bueno para la vida real, lo que genera mucha frustración y complejos. Existen algunos comportamientos claros que deben poner en alerta a los educadores y a las familias de los jóvenes. El aislamiento excesivo en la habitación, dejar de quedar con las amistades del instituto, perder el interés por el deporte o la música que antes les encantaba, o dar demasiada importancia a los enfados y comentarios que ocurren dentro de las pantallas son síntomas de que hay que actuar. Para abordar este problema, la solución nunca pasa por quitarles el teléfono de golpe o vigilar en secreto todo lo que hacen, sino por ofrecer un apoyo basado en la compresión.
Cuando los padres descubren que sus hijos tienen cuentas secretas, la peor reacción posible es el enfado, los gritos o la prohibición absoluta de usar internet. Este tipo de respuestas agresivas solo sirve para que los adolescentes se sientan incomprendidos y busquen formas todavía más ocultas de conectarse, rompiendo los puentes de comunicación familiar. Lo ideal es aprovechar estos momentos para sentarse a charlar sin prejuicios sobre los límites de la privacidad, las consecuencias de lo que se comparte en la red y la importancia de no depender de los me gusta para sentirse querido.
















